Hace unos cuantos años quise dirigir un cortometraje surrealista: “El viejo y la puta”.

Mi intención era enviárselo a Fernado Arrabal y sumarme, si me admitían, al movimiento Pánico.

Tenía un título, tenía una cámara, tenía focos…sólo me faltaban un viejo y una puta, condición sine qua non para contar esta historia: un anciano obsesionado con volar como los pájaros, contrata los servicios de una prostituta adicta al caballo. Primero la estangula. Luego taladra cuidadosamente su cráneo para copular con el cadaver por ese agujero: el ojo pineal. Antes de eyacular, el viejo tiene una visión, un transexual negro de larga melena, dorada como el sol, lava los pies a un Jesucristo gitano que canturrea sevillanas.

Logré embarcar en mi proyecto a bastante gente…sin cobrar, claro.

Un grupo musical compuesto por siete mexicanos haría la banda sonora.  Mi gran colega Jamuti (en paz descanse) nos dejaba su chalet, inmejorable localización al ser una especie de mansión neomodernista, semiabandonada al borde del mar. El viejo (un ser simiesco, jorobado y desconfiado como un perro vagabundo) lo sacamos (literalmente) de un manicomio. Era familia lejana de nuestro director de fotografía. Sólo pronunciaba una frase, eso sí, la repetía a menudo: “No, hombre NO.” La puta yonki era eso, una puta yonki que recogimos en los descampados de las afueras de Alicante, en la carretera que lleva a Elche. Le pagamos para que pasara el día con nosotros, no nos salió muy caro teniendo en cuenta que cobraba diez euros una mamada. El Cristo gitano era un vendedor de coca colas que había conocido en la playa y el trans negro era una gogó amiga de una amiga a la que llamaban “la mamba negra”.

Tuve la idea de que los mexicanos tocaran allí en directo, mientras grabábamos…ya se preparaban y afinaban sus instrumentos…no faltaba nadie, no faltaba nada.

Entonces jamuti apareció con “la merienda” (eso fue exactamente lo que dijo): diez gramos de cocaína, varias botellas de ginebra y ron, refrescos, bolsas de hielos y una nevera portatil llena de latas de ceveza. Jamuti era un tipo sociable…y multiadicto. 

Salvo el viejo tarado que sólo le daba al vino (jamuti le sacó varias botellas) todo el equipo consumía coca.

Uno de los mexicanos preparó habilmente hileras interminables de rayas: perfectas, paralelas, simétricas…divina fina arena albina que produce relámpagos en el cerebro.

“La cocaína, está demostrado, crea euforia en el que la consume” escuché a un médico en la tele “pero_dijo_ ¿merece la pena?” INDUDABLEMENTE PARA MI EQUIPO SÍ. Comenzaron a esnifar como posesos, a servirse copas en vasos de plástico y a beber cerveza helada.

Un director de cine, un capitán de barco…nunca debe nadar a contracorriente, por lo cual me sumé a la fiesta. Primero dubitativo, “tenemos una película que grabar, chicos, no lo olvidemos.” Después, me convertí en el alma de la fiesta. Bebí más que ninguno y esnifé al estilo Belushi.

Pronto se nos echó encima el atardecer tiñendo las montañas y el mar de un rosa intenso y salpicando de sangre las rasgadas nubes. Una inmensa bola de acero al rojo vivo infestada de insectos hirviendo, nos maldijo a todos antes de desaparecer en el horizonte. Millones de panteras cubrieron veloces el cielo mostrando sus afilados colmillos brillantes como estrellas en la cúpula infinita del firmamento: La noche con su inmanente misterio y su olor a humedad conviertió la mansión en la localización ideal para una peli de terror gótico…pero allí nadie parecía dispuesto a currar…

Los mexicanos tocaron desgarradas canciones populares de su tierra que hablaban de amor, desamor, honor, muerte y noches de alcohol…

El anciano pilló la borrachera de su vida y se acurrucó a dormirla en el fondo de la piscina vacía. De vez en cuando nos llegaba desde allí, sumándose a los compases de la música, un grito desesperado que reverberaba con ecos tétricos: “¡¡No, hombre NO!!

La puta sufrió una taquicardia y jamuti la metió en la casa a darle lexatines. El gitano juntaba rayas en un papelito para venderlo luego en su barriada y el transexual bailaba danzas tribales presa del delirio, azuzado y animado por los siete mexicanos que chillaban “¡¡SÁCATE LA SERPIENTE GÜEI!!

Pasé a pedir más farlopa al anfitrión y me encontré a la puta comiéndole la polla…me lanzó una bolsita y me pidió que saliese de allí. Cuando volví, observé la escena desde fuera, parecía un aquelarre, una fiesta pagana en honor a Dioniso…sonreí satisfecho y ,presa de la maldita exaltación de la amistad, abracé con fuerza al gitano y les expliqué a todos mil veces cuánto les quería y cómo nos ibamos a forrar en “el mundo del cine”…

De repente, el canto de un gallo rasgó la lívida noche con una fuerza y un desgarro tales que todo el mundo enmudeció unos instantes…luego siguió la locura y la música.

Me quedé dormido en el garaje junto a una gran mancha de aceite, tapado con un saco polvoriento.

Cuando desperté, me bebí una cerveza caliente y me fui a casa en autobús.