En uno de los clubs de carretera en los que trabajé en Murcia, al ser bastante grande y tener fama de bullanguero, éramos tres porteros:

Tóstem, un negro de más de dos metros de altura, vestía siempre con trajes caros y casi nunca hablaba. Prefería expresarse con los codos y las rodillas.

“Sicarioloco”, un gigantesco culturista al que todos llamaban así por llevar esas palabras tatuadas en su antebrazo derecho.

Y yo, que estaba chalado por aquel entonces y pesaba cien kilitos. (ver mi corto “Mi carne mi sangre”, que pongo al final: esta anécdota es de aquellos días y soy el prota, con el pelo desteñido y rapado.)

“Sicarioloco” tuvo la feliz ocurrencia un día de esconder armas por los lugares más recónditos e inesperados del club. Aquí un cuchillo jamonero, allá un puño americano, más allá una recortada. Acabó convirtiéndose en una obsesión para él y hubo un momento en que te encontrabas armas por todas partes, hasta cagando.

Ver Mi carne mi sangre (Corto Ramiro Lapiedra).1999

Pues bien, a este antro de perdición llegó un día una chica a trabajar, no se sabe muy bien de dónde.

Se llamaba Dulce y padecía gigantismo.

Por qué el director de la sala permitió que trabajara allí escapa a mi conocimiento, pero la cosa es que cumplió enterita su plaza de un mes y…TRABAJÓ MUCHÍSIMO.

Dulce practicaba bailes de salón.

Como era de esperar se fijó en Tóstem, único ser en aquel lugar que podía medirse con ella en altura y fuerza. El africano la ignoró durante todo el mes de una manera tan tajante como cruel.

Sin embargo, yo aprovechaba cualquier ocasión para entablar conversación con ella. Le pinchaba todo lo que podía para que me hablase de su vida. Bromeaba a menudo con ella. Poco a poco me cogió confianza. Incluso algo de cariño, me atrevería a decir.

Una noche “Sicarioloco” y yo insistimos durante un buen rato hasta que Dulce, por no oírnos más, aceptó enseñarnos el coño. Se abrió de piernas y apartó unas enormes bragas color azul cielo dejando a la vista una raja de unas dimensiones desproporcionadas incluso para ella. Superó todas nuestras expectativas.

-Eres el origen de todo lo que existe, Dulce. Debemos darte las gracias por estar vivos.

Le dije, y sin duda lo pensaba.

-Qué asco. Dijo “Sicarioloco” mientras se iba.

Llegué a proponerle participar en un cortometraje que realicé con mi hermano por aquella época, a lo cual se negó en redondo “yo soy puta, no actriz” . Quiso dejar bien claro.

Ese corto en el que propuse actuar a la prostituta gigante iba a estar protagonizado por un tipo entrañable , analfabeto, de aspecto simiesco, contrahecho y medio enano amiguete mío del gimnasio: Toribio (no es coña, se llamaba así). Sus manos eran un poema: había currado toda su existencia consciente en la obra. Un día se cayó del andamio y le pusieron los tobillos de platino amén de concederle una pensión por invalidez de por vida. Era justo lo que necesitaba para mi corto: “Las muecas de lo absoluto”. (También lo pongo para que veáis a Toribio con vuestros propios ojos).

Para que no se negara a participar en el proyecto (tenía sus reticencias) invité una noche a Toribio al club.

Una vez allí, sintiéndose cohibido y confuso por la cantidad de putas que merodeaban a su alrededor y le hacían carantoñas, se puso hasta arriba de cubatas de ron.

Cuando se hubo desinhibido lo suficiente, se atrevió a adentrarse en la pista.

Entonces descubrió la presencia de Dulce, quedando inmediatamente prendado de ella.

Ante la insistencia de Toribio convencí a Dulce para que subiera con él a una de las habitaciones.

Desaparecieron entonces hasta el cierre del club.

Entre los porteros, algunos camareros y bastantes chicas organizamos aquella noche un chill out.

Toribio y Dulce se unieron a nosotros ya bien empezada la cosa.

BAILARON AGARRADOS TODO TIPO DE BAILES DE SALÓN HASTA EL AMANECER…totalmente ajenos a los demás seres vivos que participábamos en la fiesta.

Tardaré en borrar esa imagen de absoluta felicidad en los rostros de Dulce y Toribio mucho tiempo de mi memoria.

Lo que hicieron tantas horas encerrados en aquella habitación, no lo sabrá nunca nadie. Jamás. Se lo llevarán con ellos a la tumba.

La pregunta es: ¿Qué será ahora de ellos? ¿Seguirán juntos? ¿Habrán tenido descendencia? En ese caso: ¿sus vástagos serán titanes o gnomos? ¿ o una mezcla jamás vista hasta ahora de nuevo espécimen humano? Vaya usted a saber.

Desde aquí les deseo de todo corazón mucha suerte en la vida a ambos, se la merecen.