Doy vueltas sobre mí mismo en la cama.

Está a punto de amanecer y no he pegado ojo en toda la noche.
Tengo fiebre alta.
Moja mi piel un desagradable sudor frío pero mi cabeza arde como una olla puesta al fuego.
Me siento como un rollito de primavera en aceite hirviendo usado miles de veces antes en un restaurante chino de un barrio de periferia en una gran ciudad.
Me duele cada músculo y cada hueso de mi cuerpo como si me acabasen de dar una buena tunda.

Y me sucede entonces algo curioso:

Miles, millones de imágenes, recuerdos y pensamientos desordenados acuden a mi mente aturdiéndome como el aterrador grito coral de miríadas de gallos hambrientos y enloquecidos de cuyos picos sarnosos rebosa baba amarilla y cuyos ojos, inyectados en sangre y escarcha, se clavan con obsesión demente en el oscuro agujero del firmamento: inmenso cráneo negro moteado de espeso esperma que brilla.

Pienso en mi infancia en el Liceo Francés de Alicante.

Recuerdo que cuando te portabas bien te daban un “bon point” (punto positivo) y que si acumulabas los suficientes podías canjearlos por un libro ilustrado de cuentos en la biblioteca.

Pienso en mis compañeros, con los que crecí. Pienso en mis profesores. En Conchita, mi maestra de lengua española, que inyectó en mí el veneno del Arte y la Literatura.

En las largas esperas al atardecer en el patio del cole desierto, cuando mi padre (despistado donde los haya) se olvidaba alguna vez de recogernos a mi hermano y a mí. En la inmensa, absoluta alegría que suponía verle aparecer con su “jeep Comando Ebro” y cara de decir “lo siento chicos, me olvidé.”
En las Navidades de cuando era un crío y la mágica noche de Reyes con sus regalos (no he vuelto después a sentir la misma ilusión por nada).

Cierto autor dijo: “Nuestra infancia es nuestra patria”. Tenía toda la razón del mundo.

Pienso en la primera vez que acaricie con las yemas de mis temblorosos dedos los labios del coño de una amiguita, pensé que estaban creados de un material único, que tenían una textura diferente a todo lo que yo había conocido hasta entonces. La excesiva humedad de aquella ranura diabólica me puso los pelos de punta y cambió mi existencia para siempre: todo lo que he hecho a partir de entonces se ha basado en la búsqueda enloquecida del coño perfecto.

Pienso en mi adolescencia en el Instituto Público Miguel Hernández”, donde mi madre, aparte de darme magníficas clases de filosofía en C.O.U, era directora. Tenía una lista en su despacho con los alumnos más conflictivos y al borde de la expulsión…encabezada por mí.

Pienso en mis años de estudiante de derecho en la Universidad.
Pasaron rápidos y vacíos como relámpagos en una pasajera tormenta de verano. Sin dejar huella alguna.
En mi tozuda decisión de abandonar la carrera de Derecho para estudiar Cine.
En las interminables discusiones con todo el mundo que me intentaba convencer de lo contrario.
“Acaba primero Derecho y luego haces lo que quieras” fue la frase más repetida en aquella etapa de mi vida.
Ni caso, claro.

Pienso en aquellos años desquiciados y salvajes en que trabajé de portero en discotecas y clubs de carretera por toda la Vega Baja.
Putas, esteroides y noches demenciales que han dejado lagunas en mi memoria. “Alcohol y derrumbamiento” decía un compañero de aquella época.

En aquellos entrañables hermanos gitanos culturistas (eran doce nada menos) que trabajaban a mi lado en esas noches levantinas y que fueron cayendo en los peligros de la droga y la violencia (quedan vivos sólo cinco).
Recuerdo una vez que tuve el honor de ser invitado a la celebración de la salida de uno de ellos de prisión: la fiesta consistió en zampar gigantescos filetes de carne casi cruda y cantar desgarradamente y bailar hasta altas horas de la madrugada en familia.

Pienso sinceramente en que aquel estilo de vida estuvo a punto de acabar conmigo.
Pero aquí estoy.

Pienso también en cómo me introduje en la industria del cine para adultos. En los inicios con Celia Blanco, Ponce, Tillín… en Miriam Sanchez que, convertida en Lucía Lapiedra, me hizo pasar algunos de los peores momentos de mi vida.

En el amor absoluto que he sentido y siento hacia mi esposa María, en nuestra boda, en la desintegración de nuestra pareja, en mis metidas de pata y las suyas, en la posterior y bellísima reconciliación…que duró poco.

Pienso en porqué destruyo siempre todo lo que toco.

Y ahora, sin motivo aparente (quizá por el guión convencional sobre una vampira esquizofrénica en cuya escritura me hallo inmerso de manera obsesiva estos días) asaltan mi imaginación imágenes como cegadores flashes, como fauces de perros rabiosos que se abren para volverse a cerrar en décimas de segundo ,imágenes repletas de sangre, de terroríficos payasos de largos dientes afilados que intentan hacer reír a los niños enfermos en circos de locura y muerte, imágenes tan delirantes que me obligan a abrir los ojos.

Y pienso entonces que debemos, no sólo aceptar, sino AMAR lo que nos sucede.

Es más, debemos amarlo como si fuera a repetirse una y otra vez, millones de veces, eternamente.

Pienso que es absolutamente cierta la teoría (metafórica en mi opinión) de EL ETERNO RETORNO de Nietzsche.

Porque pretende alcanzar EL VITALISMO ABSOLUTO.
Amo lo que me pasa más que a nada en este mundo. Amo lo que ES, no lo que DEBERÍA SER.

“Lo que es, es” dijo Jodorwsky.
“Si tuvieras que definir en una sola frase el sentido de la vida, ¿qué dirías?, Alejandro.” le preguntó un trasnochado Sánchez Dragó en su programa de madrugada.
Y él respondió eso. “Lo que es, es”.

Pues eso: LO QUE ES, ES.

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Tendría unos cinco años cuando me cagué en los pantalones en el colegio.

Este acontecimiento lo llevo grabado en mi memoria EXACTAMENTE IGUAL QUE SI HUBIESE SUCEDIDO AYER. Con la misma nitidez. O mayor incluso.

Era la hora del recreo. Todos los niños jugábamos en el patio. Justo antes un compañero me había echado arena en los ojos en una pelea de críos.
Recuerdo aquel dolor como una de las sensaciones más desagradables que me ha tocado vivir jamás. Ese terrible recuerdo me ha venido después muchas veces a la cabeza: era como tener los ojos repletos de diminutos cristalitos. Los globos oculares ME ARDÍAN. Sentía dolor hasta en los nervios que unen los ojos al cerebro.

Fuí al baño a lavarme la cara.

Poco a poco el dolor fue dejando de ser tan agudo.

Sin embargo llevaba todo el día con ganas de cagar y, presa de un traicionero movimiento gastrointestinal, me lo hice encima sin tener la ocasión ni siquiera de bajarme los pantalones.

Por lo tanto ahora era YO el que se había cagado encima. YO, que tantas veces había presenciado el escarnio público al que eran sometidos los que se cagaban o meaban encima…Pero jamás piensa uno que le va a pasar a él. Es como los accidentes de tráfico o el cáncer.

Sonó entonces la campana para volver a las aulas y celebrar el reencuentro de los alumnos con la plastilina y los trabajos manuales (que yo detestaba). Pero ese día sonó para mí como el chillido de un aterrador timbre que avisara a los condenados a muerte de que ha llegado por fin su hora.

Me dirigí como un zombi con babi de colores a mi clase junto con todos los demás críos y me senté intentando disimular como podía.

Pasado un rato la maestra percibió por el olor que alguno de sus alumnos se había cagado.

SUCEDIÓ ENTONCES ALGO QUE NO OLVIDARÉ JAMÁS:

La profesora abrió un debate donde TODOS los niños podían y DEBÍAN dar su opinión…PARA DESCUBRIR AL CULPABLE.

Uno a uno fueron dando sus razonamientos o simplemente diciendo quién creían que se había cagado.

Varios fueron los que me señalaron con su dedo acusador y varias veces las que yo negué los cargos con la vehemencia que nos proporciona la deseperación.

Recuerdo con especial curiosidad cómo una compañera de clase que se llamaba Mimí (Milagros) opinó que Ramiro Lapiedra( en el LICÉO fRANCÉS se decía el apellido siempre junto al nombre) NO había sido con total seguridad. “Ramiro Lapiedra no haría algo así”, creo que dijo.
Cuánto te equivocabas Mimí pero cuánto te agradezco y te agradecí aquel día tu defensa incondicional.

Finalmente la maestra descubrió que yo era el culpable.

Tuve que ir al baño a limpiarme lo que pudiera.

Desde nuestra aula prefabricada hasta los baños TODO ESTABA DESIERTO.

No se veía ni un alma (todos estaban en las clases).

Entonces apareció ante mis ojos el colegio dede una perspectiva totalmente nueva, alucinada y demencial: era como una de esas ciudades aniquiladas tras una hecatombe postnuclear que tantas veces había visto en las pelis.

El absoluto vacío humano creó a mi alrededor un efecto escafandra. Un efecto de caracola de mar en mis oídos. No. Más bien era como si una caracola me susurrara extraños cánticos en un lenguaje incomprensible INSTALADA DENTRO DE MI CEREBRO.

Antes De llegar al baño encontré un pequeño tesoro tirado en el suelo. Lo cogí y lo guardé en mi bolsillo esbozando una ligera sonrisa.

Dentro de la peor catástrofe siempre puede darse una nota de felicidad, aunque pasajera.

Se trataba de una figura de regaliz negro en forma de osito.

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Mi madre nos leía a mi hermano Pablo y a mí CADA NOCHE antes de dormir pero ya metiditos en la cama, un cuento. Recuerdo tres modalidades claramente diferenciadas:

Unas veces se trataba de “Amadís de Gaula”, novela de caballería, otras de “pluma roja”, novela realista e histórica de indios y vaqueros, y otras de “cuchifritín” o “matonquiquí”, el primito y la primita de Celia, el personaje de Elena Fortún.

En mis sueños mezclaba yo alegremente estos personajes con mi propia persona: a veces me convertía en un caballero que luchaba contra poderosos rivales con tal de ver quién pasaba primero por un puente o para rescatar a una damisela en apuros. Otras veces me convertía en un temido jefe indio musculosísimo, bronceadísimo y pintarrajeado que arrancaba cabelleras; y en otros sueños yo era un gamberrete que gastaba todo tipo de bromas pesadas a los serios miembros de mi familia.

Mi infancia iba viento en popa hasta que en uno de aquellos sueños Amadís de Gaula bajó del caballo a la dama recién salvada y se la folló salvajemente una y otra vez. Me desperté sobresaltado y sintiendo un placer indescriptible en mi polla… Acababa de tener mi primera polución nocturna.

A partir de entonces descubrí el maravilloso mundo de las pajas. Me la meneaba frenéticamente con cualquier excusa. A todas horas.

Entraba a hurtadillas en la habitaciónd de Guillermo, mi hermano mayor, y me agenciaba “Sexus”, de Henry Miller, o “Saló o los 120 días de Sodoma”, del Marqués de Sade. Leía todo aquello ávidamente mientras me la machacaba sin piedad. También me hice adicto a los cómics que coleccionaba Guillermo, sobre todo, “El Víbora” (curiosamente veinte años más tarde pude conocer personalmente a sus creadores con motivo de la entrega de los Premios Turia en Valencia). En el “Víbora” podía deleitarme con todo tipo de historias porno; violentas, delirantes, sangrientas y sobre todo explícitas que saciaban mi curiosidad y llenaban mi mente de imágenes depravadas y obscenas.

Aunque mucha gente a quien se lo he contado no me cree, por aquella época me masturbaba una media de diez veces al día.

Una tarde empecé a sentir un dolor agudo en los huevos. Mi cuerpo ardía preocupantemente. Me metí en la cama con fiebre alta y con un dolor terrible ahí abajo. Mi madre llamó a Andreo (nuestro médico de cabecera de toda la vida) y éste me diagnosticó una orquitis “por eyacular demasiado”.

El bochorno ante mis progenitores fue total. Pero ni mi madre ni mi padre sacaron después el tema.

Procuré entonces reducir en la medida de lo posible mis delirios onanistas… sin conseguirlo.

He tenido como diez orquitis más a lo largo de mi vida.

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Tendría yo quince años cuando daba clases de ética en el instituto. La ética era lo que solían llamar una “maría”, es decir, una asignatura que no vale para nada y que se aprueba sin ningún esfuerzo por parte del alumno. A mi clase de ética asistíamos pocos, unos doce o quince alumnos que nos solíamos sentar por la parte de atrás de la clase, en lugar de los treinta o más que asistían a una asignatura “normal”: matemáticas, historia, etc.

Yo solía sacar mi rabo a que le diera el aire en la clase de ética, es decir, sacaba la polla completamente tiesa fuera de los pantalones para meneármela mientras el pupitre hacía de parapeto y el profesor no se enteraba de nada.

Por lo general me la iba meneando muy suavemente durante toda la clase. Mis testículos, de esta forma, se iban cargando de esperma durante las largas y monótonas clasecitas de ética: solía tratarse siempre algún tema como el aborto o las drogas o lo que fuera, dividirse la pizarra en dos partes “a favor” y “en contra” y, ¡ala!, todos a opinar gilipolleces.

Antes de que tocara el timbre, acostumbraba yo a correrme en la palma de mi propia mano para luego cuando todos nos levantábamos para irnos, limpiarme en la espalda de algún compañero incauto mientras hacía como que le daba algunas palmaditas en señal de amistad.

Lo bueno viene ahora: un día me pilló in fraganti una compañera que se llamaba Antonia.

Antonia era un poco marimacho y siempre jugaba con nosotros al fútbol en los recreos, pero la verdad es que estaba bastante buena.
Me cazó como iba diciendo con la chorra en la mano completamente dura y a punto de eyacular, porque se le cayó algo al suelo y se agachó a recogerlo. Al ver semejante espectáculo su reacción fue ni más ni menos que pegar un chillido que se oyó en todo el instituto.

Os juro que jamás me he desempalmado tan rápido. Guardé mi pajarito y me hice el loco, completamente colorado. El profesor, un idiota integral, le preguntó a Antonia que qué le había pasado y durante unos segundos, que para mí se hicieron eternos, no supe si ella me delataría o no.

Pero no me delató.

Se inventó una excusa cualquiera mientras me fulminaba con la mirada.

Desde aquí hoy te doy las gracias, querida Antonia.

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Mi hermano Pablo es total:

Su imaginación es desbordante. Única.

De niño dibujaba cómics surrealistas, crueles, violentos, raros hasta decir basta.

Pero siempre geniales. Ojalá algún día sean reconocidos como se merecen.

Es un tipo honesto y con un sentido del deber brutal, difícil de encontrar en la gente (me incluyo).

Crecimos juntos. Juntos inventamos de niños todo tipo de juegos e ideamos todo tipo de gamberradas infantiles.

Juntos, ya de adolescentes, nos mezclamos a lo peorcito del parque: delincuentes, putas y macarras. Siempre fuimos respetados.

Juntos trabajamos como porteros de peligrosas discotecas y puticlubs de carretera.

Juntos entrenamos en diferentes gimnasios de Alicante, Valencia, Barcelona y Madrid.

Juntos hicimos cortometrajes delirantes. Juntos escribimos y pensamos multitud de guiones que no se han materializado después en películas.

Juntos decidimos “revolucionar” el cine para adultos: Y LO CONSEGUIMOS. Le pese a quien le pese. Juntos triunfamos. Juntos nos hundimos. Juntos ganamos premios y reconocimientos. Y volvimos a triunfar. Y volvimos a hundirnos. Y así una y otra vez.

Las novias y los amigos han ido y venido en mi vida y en la suya pero siempre hemos estado ahí para apoyarnos. Pablo me ha ayudado MUCHÍSIMO. Ojalá él piense lo mismo respecto a mí.

Ahora por circunstancias de la vida, él se encuentra a miles de quilómetros de distancia. Vive en Medellín (Colombia).

Y espero que ahí sea feliz.

Pero sé que algún día volveremos a liarla.

JUNTOS

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¿No os sucede que algunos recuerdos de vuestra infancia poseen tanta fuerza que, cuando acuden a vosotros, despiertan una nostalgia y una especie de pena tal que, de repente sentís un “dolor” en el estómago tipo “mariposas en el estómago” pero mucho más fuerte y mucho más terrible? Es una sensación además de inocencia perdida y la conciencia a la vez de que jamás la recuperaremos.

A mí me pasa.

Me ocurre sobre todo con algunos recuerdos relacionados con mis padres.

1. RECUERDO DE MI PADRE

Se trata de una imagen unida irremediablemente a la música.
Mi padre, casi todas las tardes, se apartaba del “mundanal ruido” de la casa (éramos cuatro criaturas) y se metía en una habitación algo apartada a corregir exámenes o trabajos de sus alumnos de filosofía.

Yo era muy pequeño y solía deambular aburrido de un lado a otro de la casa…
Hacía de rabiar a mi hermana Eva (una santa que ha aguantado lo indecible de sus tres hermanos); peleaba con mi hermano Guillermo (mi hermano mayor) o inventaba algún estropicio con Pablitín, fiel compañero de juegos de mi infancia.

Pero otras veces, me quedaba absorto durante largos espacios de tiempo, con esa sensación de picor placentero en la mente, observando desde el quicio de la puerta cómo mi padre corregía sus exámenes mientras escuchaba música clásica (recuerdo en concreto Vivaldi).

Siempre que escucho “Las cuatro estaciones” acude esta imagen a mi cabeza.

Y en numerosas ocasiones en que por un motivo u otro he tocado fondo o he mirado cara a cara al abismo siempre he recordado, con esa nostalgia que mordisquea el estómago como cientos de miles de pirañas hambrientas, la sensación de PAZ ABSOLUTA que me transmitía mi padre.

2. RECUERDO DE MI MADRE

Una noche fría de navidad en Alicante, toda mi familia cenaba y charlaba en el salón.

Yo tenía anginas y esa tarde había empezado a subirme la fiebre de tal manera que me había acostado sin esperar a cenar siquiera.

De pronto entró mi madre en la habitación, se sentó a mi lado en la cama y puso su mano en mi frente.

-¿Qué tal vas, Rami?

Como única respuesta cogí su mano entre las mías ( la piel de mi madre es la piel más suave que haya tocado jamás en mi vida: es impresionante).

Pasado un rato así le dije:

-Vuelve con todos, mamá.

(Habían venido mis abuelos, tíos, etc. y todos se lo pasaban bomba en el salón).

-No digas tonterías. Mi sitio ahora está aquí contigo -Me dijo convencidísima.

Poco a poco me fui quedando dormido plácidamente a su lado.

No sé qué extraños genes habré heredado para, desde mi adolescencia, haber buscado incansablemente situaciones de locura, delirio, peligro y caos…para haberme juntado siempre a delincuentes, maleantes, yonkis, putas y desquiciados. Pero estoy seguro de que unas de las pocas imágenes que aparecerán con fuerza como relámpagos o flashes ante mis ojos cuando los cierre por última vez, serán la de mi padre concentrado en sus correcciones escuchando a Vivaldi en la paz absoluta y perfecta de aquella habitación y la de mi madre sentada a mi lado en la cama aquella fría noche de invierno con su suave mano entre las mías.