Cuando vivía en la calle Goya durante la etapa final de mi alegre convivencia con Lucía, se me ocurrió meterme en un chat de móvil: envías un mensaje con “ligar” o “quiero conocerte” o algo así y recibes mensajes de chicas con alias y todo ese rollo, ya sabéis.

Empecé a intercambiar mensajitos con una chica que vivía por Usera y tenía 19 años. Lo que más me convenció del tema fue que me escribió que tenía 110 de pecho natural. No llegamos a hablar pero nos mandábamos textos calenturientos a todas horas.

Fantaseaba yo muy a menudo con esas gigantescas tetas naturales (lo peor de mi novia eran sus tetas de goma).

Un día me decidí a citarme con la misteriosa jovencita. Quedamos después de cenar, en su casa. Tuve que recorrer todo Madrid desde Goya hasta Usera en metro porque no tenía ni un duro para el taxi. Mi economía nunca ha sido muy regular, tiene períodos de bonanza y períodos de miseria que se suceden de una manera trepidante y frenética.

Hace una noche sin estrellas, realmente oscura. Salgo del metro de Usera, ciudad sin ley. La parada está a un cuarto de hora andando de la dirección que me ha indicado mi “amante”. Camino como alma que lleva el diablo empezando a arrepentirme de toda esta movida. Por fin llego y toco al timbre. Me responde una voz femenina realmente dulce:

- ¿Sí?
- Soy Ramiro.
- Bajo un momento. Tengo que pasear al perro.
- Vale.

Espero impaciente. Intento en vano dejar mi mente en blanco y no incurrir en ninguna de mis manías compulsivo/obsesivas (repetir una frase varias veces en mi cabeza; dar determinados pasos hacia delante y determinados pasos hacia atrás…). Comportamientos que repito cuando estoy muy nervioso y deseo que algo salga bien. “Que esté buena, que esté buena”; les pido a mis manías en esta ocasión. Me dispongo ya a dar un número perfectamente determinado de pataditas en la pared cuando veo que se ilumina levemente la portería al abrirse el ascensor. Alguien se acerca y abre el portal. Ahora puedo ver claramente ante mis ojos a la misteriosa chica de los “sms”.

Voy a intentar describirla sin caer en absoluto en la hipérbole, expresar exactamente cómo era. Lo haré de manera telegráfica:

Peso aproximado (a ojo de buen cubero): 130 o 140 kilos.
Altura: muy bajita, más ancha que larga.
Cara: rasgos mongoloides bastante acentuados.

Este engendro surgido de las entrañas más profundas de la tierra avanza hacia mí con la mejor de sus sonrisas llevando de la correa a un perrito yorkshire. Inexplicablemente consigo que no se note en mi rostro ningún gesto que denote decepción. Actúo con total naturalidad y me pongo a pasear al perrito e incluso a charlar con el monstruo.

Soy tan cobarde que no he sido capaz de largarme corriendo al verla; de hacer mutis por el foro como hubiera hecho cualquier hijo de vecino.

No.

Ramiro Lapiedra, el tímido de los cojones, se ha quedado para aguantar el chaparrón. Ahí me tenéis dando palique al saco de grasa que responde con creciente ilusión a todas mis preguntas tontas, y hasta se atreve a plantear nuevos temas de conversación.

Tengo en casa esperando a la pornostar más deseada del momento y heme aquí paseando con una gorda de ciento y pico quilos. Por si fuera poco, me fijo horrorizado en la multitud de tics que transforman su cara cada vez que se dirige a mí.

Me invita a subir a su casa (“estoy sola”) y LO PEOR DE TODO ES QUE ACEPTO.

Ya en su casa, pasamos al salón, decorado al más puro estilo rococó, y nos sentamos en el sofá. La conversación se va apagando y el silencio comienza a hacerse incómodo. Pero ahora viene lo bueno: EMPIEZO A PONERME CACHONDO.

Lo juro. Es cierto. Me pongo a insinuarme descaradamente. La verdad es que parece poseer unas tetas descomunales y además es muy blanca de piel, como me gusta.

Lo que no me esperaba es que el monstruo me rechaza, se hace la estrecha…

Ni siquiera me deja tocarle una teta por debajo de su jersey amarillo de abuela.

Pasados una minutos y como veo que mi insistencia no tiene la recompensa esperada, me despido prometiendo más mensajes y más citas.

De vuelta al metro, me pongo a correr. Tengo ganas de gritar, de desahogarme.

Pero todo no acaba aquí, ni mucho menos. Aunque reconozco que sólo fue una vez, todavía tuve el valor de llamarla y masturbarme diciéndonos guarradas.

Jamás he vuelto a meterme en los chats de móvil. Aunque no me gusta decir de este agua no volveré a beber…

Si te gusta mi forma de escribir puedes descargar mi libro El Arte de la Autodestrucción en http://librosramirolapiedra.blogspot.com.es/ de forma totalmente gratuita.