Después de un tiempo planteándomelo y buscando por Internet, me llegué a una tienda de lencería para comprar un liguero (Suelen ser caros y tal). Tengo que decir que me llamó mucho la atención el escaparate: No era como los de esos establecimientos que no me gustan nada, donde sólo venden castos pijamitas y la ropa interior está infantilizada con muñequitos (Cuando por la talla, lo van a usar mujeres adultas), dando una escalofriante imagen de pseudo-pedofilia. Tras el grueso vidrio, aparecían sugerentes corsés, bodys de encaje, medias con costura y elegantes combinaciones que te hacían soñar con indecentes y clandestinos encuentros para ver a algún selecto amante. Todo lo contrario que las tiendas a las que me refería antes, que son anti-eróticas.



 Como era un local más o menos reciente, el interior estaba algo más desordenado que el escaparate; sin embargo, el género seguía prometiendo.


Pero sin lugar a dudas, la clave para que me decidiera a pedir la singular prenda, fue la dependienta: Una señora de mediana edad, morena de ojos inteligentes y los restos aún visibles de lo que fuese una gran belleza. Su trato era de lo más amable y su voz, dulce. No dudó en enseñarme varios ligueros preciosos, en negro y en marfil. Ante mi elección (me decanté por la pieza más atrevida y recargada), sonrió pícara. ¡Cuánta diferencia entre aquella mujer y las jovencitas de pelo planchado y gesto de aburrimiento que se limitan a cobrar con prosodia monótona!