Publicado el Martes, 17 de Junio de 2008 por dildo
Hacía siglos que no iba al cine. No recordaba ni la última vez. De un tiempo a esta parte, sólo echaban cosas que bastaba con ver el cartel para saber que eran una mierda, así que era mejor quedarse en casa viendo “Perdidos” en el portátil. Pero el otro día leí algo sobre una apocalíptica peli comercial en la que salía una buena ración de suicidios y pensé que valía la pena pasar por taquilla. “El incidente”, se llamaba. Ya el cartel prometía:
El director era el de “El sexto sentido” (una pinícula realmente narcoléptica: me quedé frito por la mitad y me desperté cuando encendieron las luces). Pero algo me decía que esta iba a estar bien. Así que fui y, sí, está entretenida, aunque no sea para tirar cohetes.
Por un lado, “El incidente” está llena de cagadas: los protagonistas (el matrimonio y la niña) son tan irreales como esas familias de modelos que salen en los anuncios de los bancos. El guión está cogido con alfileres y se esboza alguna teoría ecologista y humanista bastante almibarada, ingenua y peregrina. Sobran los toques de humor con calzador: si quieres meter mal rollo, mete mal rollo y olvídate de dar treguas y respiros al despectador. La dirección actoril es pésima: por ejemplo, alguién debió decirle al protagonista (Mark Wahlberg o como se diga) que, salvo que te llames Charles Bronson o Takeshi Kitano, no puedes poner la misma jeta ceñuda cuando contemplas un suicidio que cuando le haces un arrumaco a tu señora.
Pero, con todo y con eso, me ha gustado y creo vale la pena verla porque porque por momentos te pone tenso y tiene algunas escenas que molan:
-Dos viejas calcetan y miran el telediario con caretas antigás puestas.
-Una tía se saca el pincho que sujeta su moño y se lo clava en el cuello.
-La sensación de amenaza que crea algo con tan natural como unos hierbajos mecidos por el viento.
-Una vieja se suicida dándose de cabezazos contra las paredes y ventanas de su casa.
-De los arbolitos de una idílica urbanización americana cuelgan decenas de ahorcados.
-Un madero baja de su coche y se pega un tiro en la cabeza con su propia pipa.
-Una lluvia de obreros suicidas cae desde lo alto de un edificio en construcción.
Y poco más. Nostamal, pero para peli apocalíptica me quedo con “El tiempo del lobo” o “El día después”. Ah, el final no lo destripo porque es tan previsible que seguro que ya lo habéis adivinado. Sí, es eso, claro, mueren todos menos… Bueno, este es el trailer:
Publicado el Miércoles, 4 de Junio de 2008 por dildo
“Train I ride, sixteen coaches long
Train train, comin’ down down the line” Elvis
Por recomendación zurdesca, he visto “El tren del infierno“ (”Runaway train”, Andrei Konchalovsky, 1985). En su día, el Zurdo la describió así: “Una película rusa hecha en los USA y con actores norteamericanos. Sólo comparable (en cuanto a mejunje interracial plenamente logrado) al BROTHER de Kitano, aunque no tengan nada que ver de argumento. Hay algo homérico (no de Homer, por una vez) en esta película”. No puedo estar más de acuerdo: “El tren del infierno” es una auténtica odisea de hierro y hielo.
No es esta una peli en la que te vayas metiendo poco a poco: es de las que te agarran por los huevos desde el primer fotograma y no te sueltan hasta el último. Es un “superthriller” ideal para ver un domingo aburrido, para escapar de la mediocridad callejera, de las masas paseantes y del viento caliente cargado de polen; “El tren del infierno” ofrece todo lo contrario: ambientes y situaciones extremas, personajes singulares, heróicos y patibularios y clima polar.
Basada en un guión original del gran Akira Kurosawa (que tuvo la idea después de leer en el periódico una noticia sobre dos presos que se fugaron en un tren), y dirigida con mano maestra por un director con un dominio total del espacio y el tiempo cinematográfico (un ruso loco que en su etapa yanqui dirigió filmes tan dispares como “Los amantes de María” o “Tango y Cash”), la película es un brutal crescendo, una huida hacia delante que no da ni un segundo de tregua al espectador.
Leamos la sinopsis: “Manny es el recluso más duro de una remota carcel de Alaska que junto con Buck, otro compañero de prisión, se da a la fuga en un plan de lo más audaz. Subidos en un tren de mercancías, Manny y Buck van a toda máquina camino hacia su libertad pero, cuando al maquinista le da un infarto y muere, ambos se encuentran atrapados, solos y lanzados a toda velocidad hacia un desastre seguro. Hasta que descubren a un tercer pasajero: una hermosa ferroviaria que está tan desesperada y decidida a sobrevivir como ellos”.
“El tren del infierno” es muy física, visceral, sin apenas diálogos: el par de tipos que la protagonizan (interpretados de forma magistral por el increíble John Voight -que le quitó el papel al mismísimo Lee Marvin y estuvo a punto de ganar un Oscar por él- y Eric Roberts -hermano de Julia que tampoco está mal, aun sin llegar a las alturas de su colega-) no se andan con chiquitas y son poco amigos de malgastar saliva, pero, cuando lo hacen, dan lugar a unos diálogos sin desperdicio. Este es mi favorito, que se produce cuando los presidiarios están escapándose de la cárcel por las cloacas:
-Esto apesta, joder.
-¿Nunca has estado en una alcantarilla?
-No.
-Espera un momento, que he metido las manos en un montón de mierda.
-No te preocupes, se te quitará.
-Dame eso.
-Si tienes que vomitar estás en el sitio ideal.
-Esto es una putada, joder. Tío, esto es un asco, apesta.
-¿Qué te parece este olor? Huele a libertad, hermano.
Este puñado de frases consigue que el espectador casi huela la cloaca y se aleja de esas tediosas escenas de presos que se mueven por alcantarillas como si estuvieran en un spa. Porque, en la vida real, las aguas fecales hieden y los presos sueltan tacos.
“El tren del infierno”: pura acción con generosas dosis de violencia (escena de amputación de dedos incluida) y la larga marcha de un tren sin maquinista que aumenta de velocidad al mismo ritmo que la película, en un crescendo que no para hasta el inesperado y titánico final: el personaje de Voight (que, en el fondo, es tan salvaje, monstruoso, imparable y descarriado como la propia máquina) cabalgando, casi domando a la chirriante locomotora, traspasando en su lomo helado la frontera del infierno, hacia la última y definitiva libertad.
“Lo que no me mata, me hace más fuerte”, le dice el preso al alcaide en una escena de la película citando a Nietzsche. “Y lo que me mata, doblemente fuerte”, habría que añadir parafraseando a Jünger.