VERDE, FRÃÂO Y VISCOSO
“Estas masas viscosas eran sin duda aquellas a las que Abdul Alhazred se habÃa referido entre susurros dándoles el nombre de “shogoths” en su aterrador Necronomicón, aunque ni siquiera aquel árabe demente habÃa insinuado que existieran algunos en la Tierra, salvo en los sueños de quienes hubieran masticado ciertas hierbas alcaloides”.
H.P. Lovecraft

Uno de mis juguetes favoritos de todos los tiempos es el Blandi Blub de Congost, la masa frÃa y reptante que tanto alucinó a Pedro P en “Arrebato“ y que tan buenos ratos nos hizo pasar de niños y de adultos, domesticando el placer primigenio de jugar con mocos, esputos y otras secreciones corporales igualmente agradables al tacto. Aunque parezca mentira en unos tiempos tan virtuales como estos, el Blub fue un entretenimiento de moda a finales de los años setenta y su innombrable uso se extendió durante toda la década de los ochenta. Hoy es un juguete de culto, una mierda delicada. Los yanquis lo llaman Slime y los cientÃficos aseguran que “es un fluido reopéctico no newtoniano que cambia su viscosidad según la presión a la que se ve sometido”. O sea que, hablando en cristiano, está prácticamente VIVO.

El Blandi Blub genuino era una espesa baba verde que, entre otras cosas, servÃa para deleitarse amasándola y, de paso, asustar a las niñas y a las viejas o para lanzar contra las gafas del empollón de la clase. En la mili, en los colegios mayores o en los campamentos, se ponÃa en la cara del novato mientras dormÃa para que tuviera un terrorÃfico despertar. Eso sÃ, si te caÃa en el pelo, adiós: no habÃa forma de despegarlo y te tenÃan que cortar los mechones afectados o, si “el mal” estaba muy extendido, raparte al cero para quitártelo. En fin, que guarrear un rato largo con este infraser verde y luego volver a meterlo en su cubito de basura de plástico del mismo color era una costumbre absolutamente deliciosa.

Como era una masa muy pegajosa, cuando el Blub se caÃa al suelo absorbÃa toda la mierda que habÃa en él: pelusas, polvo, cristales, migas de pan, insectos y demás despojos. DecÃan que si lo lavabas volvÃa a su estado inicial, pero yo lo intenté con uno y se me escurrió por el desagüe, deslizándose hacia las alcantarillas. Tal vez esto tenga algo que ver con ciertos rumores sobre desapariciones de mendigos, ratas y otras bestias en las cloacas de la Galicia profunda. Tal vez, el caos reptante se extienda lentamente y algún dÃa la humanidad entera sea devorada por él. Tampoco se perderÃa demasiado, ¿no?
Aunque nunca llegué a verlo, Congost sacó al mercado también una variante fluorescente del Blandi Blub, que servÃa para jugar en la oscuridad o en la cama. ¿HabrÃa personas que lo calentarÃan en el horno para luego masturbarse con él? ¿Qué prodigiosas y aberrantes criaturas habrán nacido de esos coitos contra natura? Y lo que es más grave: ¿Qué habrá sido de los blandófagos, o seres humanos a los que les daba por comer Blandi Blub? Ni idea. Sólo sé que lo que no mata engorda y que este bicho verde era una auténtica droga: su tacto y su olor eran casi tan extraños y adictivos como los de la cola industrial, pero además eliminaban el estrés. Los empresarios deberÃan tenerlo en sus despachos, en lugar de esas grises y asépticas pelotitas de goma.

Si tus padres te tiran el Blub y te castigan sin paga por olerlo y comerlo, es posible fabricar tu propio Blandi sin salir de casa, en un cuarto de hora escaso, con ingredientes que se pueden encontrar en cualquier hogar: agua destilada, borax y mucÃlago. Se trata de juntar estos tres elementos esenciales en un recipiente de cristal, revolverlos con una cucharilla y… ¡a jugaaar! Bueno, en este vidrio se explica mejor:
Pero, como ocurre en toda toxicomanÃa, llegaba un dÃa en el que el Blandi “a secas” te aburrÃa y tenÃas que combinarlo con otros juguetes. Por ejemplo, con las Barbies de tu hermana, con el hamster del vecino o con los Masters del Universo. Los avispados creativos de Mattel tomaron nota de esta nueva tendencia y, asÃ, crearon uno de los más macarras enemigos de He-Man: The Evil Horde Slime Pit, un horrible monstruo hueco que escupÃa Blandi Blub por sus fauces para atrapar al vigoréxico He-Man en un mar de babas verdes. Puro heavy metal, primo:
Hoy, en la era de los videojuegos, el Blandi Blub como tal ya no existe, pero se puede encontrar bajo muy distintos nombres en oscuras tiendas de todo a 100 y artÃculos de broma. Perder, no ha perdido su eficacia, y continúa siendo uno de los entretenimientos más asquerosos y fascinantes que se puede uno echar a las manos. Como la ciencia avanza, ya hay Blandis de todos los colores. El otro dÃa vi una niña jugando con uno rosa clarito, casi blanco. TenÃa la mirada perdida y una expresión alucinada. Para ella, sólo existÃa esa baba que se escurrÃa entre sus manos.

Estas niñas obsesionadas con el Blub, cuando crecen, desarrollan raros fetichismos hacia las sustancias frÃas y viscosas… y acaban revolcándose en ellas como poseidas por cien mil demonios lúbricos…
…o dejando que sus amigos las sometan a auténticas duchas de Blandi Blub y otras humillaciones sexuales:
Pero, en mi humilde opinión, la variante más apetitosa de este juguete es el Vomit, ideal para fetichistas de las vomitonas que tengan problemas con el olor, pero también para los amantes del bromazo marrano o de las viejas sensaciones táctiles. Me topé con él en un puesto navideño de la Plaza Mayor, donde un moro loco me lo vendió por unos pocos euros. Ipso facto, me lo llevé a casa y me puse a jugar con él. Pronto descubrà que aquello, más que vómito de mentirijillas, era el Blandi Blub de toda la vida (el mismo gélido y viscoso tacto, el mismo olor a producto de limpieza adictivo, el mismo color verde puñeta) pero aderezado con una generosa ración de tropezones sintéticos. Manoseándolo perdà la noción del tiempo y me transporté a otra dimensión, en la que la diversión no tiene forma.







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