A veces, cuando piensas que todo está perdido y acaricias la idea de emular al asesino del campus o de saltar las mamparas de metacrilato y tirarte por el viaducto… los dioses descienden de los cielos y te empujan hacia una nueva razón para existir, para no echarlo todo por la borda… de momento. Sientes una fuerza extraña que te empuja a entrar a una librerÃa y… ahà está, en pilas de a diez, un volumen de Super Humor Clásicos, dedicado al maestro Segura (Badalona, 1927).

Si, hay tebeos que te pueden salvar la vida, sobre todo si llevabas siglos buscando los originales de la colección Olé y te habÃan advertido que su precio rondaba los 50 euros el ejemplar. Este tomo recopila algunas de las mejores historietas de Segura, rescatando a personajes tan inolvidables como La alegre pandilla, La Panda, Los señores de Alcorcón y el holgazán de Pepón, Piluca niña moderna, Lily, Rebóllez y Señora, El Capitán SerafÃn y el grumete DiabolÃn… y, por encima de todos, el inconmensurable Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte, que ahora cumple 50 años, aunque casi nadie lo celebre. ¡Felicidades, Rigo!

Roberto Segura que, según la leyenda, era un tipo guapo y tÃmido que siempre entregaba tarde sus tebeos, tenÃa (¿tiene?)un talento prodigioso para crear personajes hipernormales metidos en situaciones embarazosas, con un trazo que al principio recordaba a Peñarroya y al final era personal e inconfundible: muñecos con pequitas en la cara, con un punto surrealista, unos colorines excepcionales y un estilo elegantÃsimo que sólo se entiende teniendo en cuenta que Segura se forjó en el mundo de la moda y de la publicidad. Sus chicas eran, sin duda, las más estilizadas y cool de la escuela Bruguera. Todo esto, unido a un sentido del humor bizarrÃsimo y un placer desmedido por poner a sus personajes en situaciones tan engorrosas como delirantes, convierten sus tebeos en pequeños festivales de risas locas.

En Los señores de Alcorcón y el holgazán de Pepón, por ejemplo, nos presentaba las peripecias de un obeso jovenzuelo, vago como la chaqueta de un guardia, que vivÃa de mangante y capigorrón en casa de su dulce hermana y su cuñado (un gris currito siempre cabreado y con ganas de poner a Pepón a trabajar). Pepón podrÃa ser el primo hermano listo y bon vivant del Sr. Monteleón, aquel buscavidas que en “El reino de la calderilla“ de Emilio Carrere sentenciaba que “el ideal de toda persona decente es vivir sin trabajar. El trabajo es sucio, triste y embrutecedor”.

Pero, como ya he dicho, mi personaje favorito de Segura (y, tal vez, el más popular) era Rigoberto Picaporte, un mediocre oficinista cuyo sueño es casarse con la pija Curruquita Cencérrez y para ello siempre está intentando quedar como el señor que no es con su (¿futura?) suegra Abelarda; pero la mala pata, su proverbial torpeza, su chacha Eufemia o su sobrino Pepito son obstáculos que se acaban interponiendo entre Rigoberto y el altar. Y él, amargado, se lamenta de tener que vivir a la quinta pregunta y más solo que la una, encargando sus labores domésticas a una gruesa y rústica fámula.

Calvo, narizotas con bigotÃn, con su eterna pajarita y su modesta americana roja, Rigoberto Picaporte era un desafortunado antihéroe cuyas intenciones de agradar y hacer las cosas bien siempre acababan como el rosario de la aurora. Pero, muchas veces, Segura se olvidaba del costumbrismo y hacÃa lo que le daba la gana, coqueteando con infragéneros como el subrealismo mágico o la ciencia ficción de serie B. En una de mis historietas picaportescas favoritas, su vecino inventor crea un robot y Rigoberto lo ve con envidia y malestar; más tarde, ve un marciano que se parece mucho a aquel robot y Rigoberto lo machaca, provocando una crisis interplanetaria y la persecución de los extraterrestres en la última viñeta, mientras él se oculta debajo de una col.

Rigoberto es un personaje mezquino y desafortunado, encerrado por su creador en un infierno de pequeños y extraños cataclismos, un mar de peripecias más bochornosas, disparatadas e irreales que la vida misma. Un castigo, tal vez, desproporcionado, para las inmensas ansias de trepar y dar el braguetazo de Rigo: eterna solterÃa y esclavitud vitalicia. Un personaje que hablaba en lengua brugueriana (llena de palabras mágicas como cáspita, sapristi, retruéncanos o locuelo y que podrÃa (deberÃa) haber llevado al cine José Luis López Vázquez dirigido por Ozores.
