CHARLES BRONSON: CIUDAD VIOLENTA
El domingo pasado, vagabundeando por el Rastro, volvà a dar con mis huesos en El Duende, una tienda de vÃdeos donde venden un montón de morralla en VHS entre la que siempre se encuentra alguna joya, cual flor entre la basura. Tienen poco espacio para el cine “comercial” (sólo en la parte de la entrada), porque el 80% de la tienda está dedicado al porno de ayer y hoy, en video y DVD. Pero es bueno pasarse por ahà de Pascuas a Ramos, porque, a poco que escarbes, siempre pillas algo interesante.

El ambiente de El Duende es singular, por lo agitanado y tombolero: viejos verdes, gitanos, pornófilos de vieja guardia, macarras y todo tipo de personajes que parecen sacados de filmes de Ozores (de los setenta) pululan por allà como Perico por su casa, hablando por los codos y a voz en grito de guarrerÃa española, polÃtica barata o cine (X o comercial) y muchas veces hasta hay niños (los diabólicos sobrinitos de los dueños o de algún cliente) trasteando entre las polvorientas y vetustas cintas de VHS (X o comercial). Bueno, el caso es que el domingo pasado me topé con una pinÃcula que desconocÃa: CIUDAD VIOLENTA.

De entrada, parecÃa un filme cutre de Charles Bronson, pero, al darle la vuelta a la mugrienta carátula, descubrà unas palabras irresistibles: sÃ, fue el argumento lo que me decidió a comprar aquella cinta:

Lo primero que me llamó la atención fue que, sin ningún sentido del decoro, la carátula destripaba el argumento de cabo a rabo, sin cortarse: asà era el videoclub en los 80: sin mariconadas. No, aún no se habÃa inventado el dichoso Spoiler (neologismo que aborrezco y jamás utilizo: con lo bonita que es la palabra “aguafiestas”…). Y el caso es que fue precisamente el final lo que me animó a comprarla: un guión sin happy end, en el que muere hasta el apuntador, es difÃcil que de lugar a algo mediocre. Además, siendo como soy fan de FrÃamente… sin motivos personales (la obra maestra de Charles), intuà por el argumento que aquà habÃa un personaje parecido al que aparecÃa en la citada peli: un asesino a sueldo individualista y rebelde. Como guinda, và que el coprotagonista era el gran Telly “Kojak” Savalas. Asà que, nada, pagué el miserable euro que costaba y me llevé a mi sancta sanctorum aquella cinta llena de polvo y roña.

Confieso que soy un fetichista del VHS: me encanta la cinta en sà (no sólo como fan de Videodrome, es que me parece que tiene más encanto que el aséptico DVD, es más orgánica), la imagen sucia, los rayajos, el ruidito que hace al rebobinar, los trailers de la época, el no tener opción a tragarte “extras” absurdos: es un poco el equivalente audiovisual al cassette musical (el vinilo serÃa, por supuesto, la cámara de super 8 o de 16 mm.). Hay ciertas pelÃculas, como las de Bronson, que molan más en VHS: es como un flashback a los 80 aunque, a todo esto, a pesar de estar editada en video en los 80, la pelÃcula esta, Ciudad violenta, es de 1970, una coproducción franco italiana dirigida por un tal Sergio Sollima que, al parecer, es un tipo curtido en el spaghetti western y en el cine de acción de medio presupuesto, que también dirigió la exitosa serie Sandokán. La banda sonora de este filme es de lujo, firmada por Ennio Morricone: al parecer es una pieza de coleccionista.
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La peli en sà mola: no es ni tan buena como “FrÃamente” ni tan mala como las últimas secuelas de la saga “Yo soy la justicia”. Está en término medio, aunque es desigual. Eso sÃ, empieza muy bien, con una brillante y vertiginosa persecución automovilÃstica por un pueblo de estrechas y desiertas callejuelas.

Y también acaba muy bien (o sea, muy mal), con Bronson matando a su novia traidora y a su antiguo colega de una manera muy rebuscada: les dispara cuatro inmaculados tiros con un rifle de mira telescópica, desde el edificio de enfrente, mientras ellos suben en un arcaico ascensor de cristal. La escena es realmente soberbia, de lo mejor que he visto en el género. Mola cuando se carga a la novia de un tiro en la cabeza y se abre el ascensor donde su comité de empresa la espera, ese plano es magistral, con la cabeza de ella y las compuertas abriéndose y dejando ver la anonadada gente al fondo:

El resto de la pelÃcula es floja, algo aburrida, con poca acción, muchos altibajos y escenas de cama completamente acartonadas entre Bronson y Jill Ireland (una rubia flacucha con caraputa muy 70″s que a mÃ, personalmente, no me dice nada, pero que a Bronson le encantaba: de hecho estuvo casado con ella y tuvieron una hija juntos… hasta que Jill murió de cáncer de mama y Bronson se sumió durante años en una profunda depresión).

Mola el reencuentro entre la chica y Bronson (hablamos, de nuevo, de la pinÃcula) después de la primera traición: él arroja un regalo de ella a la chimenea, le da un hostión en la cara que la tira sobre el catre, le abre el vestido y se la folla: todo ello sin mover ni un músculo de la cara. Y ella encantada de la vida, a cien. Eso sÃ: los ratos de cama son siempre interrumpidos por peleas, tiros o alguien que quiere matar a Bronson. Por eso, se produce este socarrón diálogo entre Jill y Charles:
Jill: -¿Por qué siempre que estoy contigo todo tiene que acabar en sangre y en violencia?
Bronson: -Porque aunque toda la ciudad rebosa sangre y violencia, sólo la adviertes a mi lado.

Una escena que me arrancó carcajadas, aunque supongo que en su dÃa impresionaba, fue la de la celda: Bronson está encarcelado con dos crápulas y le quita de encima a uno de ellos una venenosÃsima araña peluda y grande como una piña (que se ve a la legua que es de juguete), y luego la deja pasear por entre sus piernas y por su mano, impasible, para demostrar la sangre de horchata y la dureza del personaje. Ahora me pregunto: ¿la araña es una tosca y misógina metáfora del personaje femenino de la pinÃcula?

También es gracioso el corto diálogo entre Bronson y Telly “Kojak” Savalas (que hace de capo mafioso), cuando el primero llega para matarlo:
Bronson: -Traigo noticias para tÃ.
Kojak: -¿De qué clase?
Bronson: -De la columna de defunciones.

Al final, tras cargarse a todos sus enemigos, Bronson, cabizbajo, se queda sentado en la azotea desde la que disparó. Todo ha terminado y ha cumplido su venganza; ahora sólo queda esperar el fin: la vida carece de sentido sin la chica. Como dirÃa Julio: “Por el amor de una mujer, jugué con fuego sin saber que era yo quien me quemaba…”

La policÃa sube y acorrala a Bronson, pero a él ya se la suda todo y quiere que lo maten. En ese momento, el actor con la cara de piedra está inmenso, en su registro más samurai. Un poli novato lo encañona tembloroso y Bronson, impasible como siempre, le dice: “Dispara”. Y el poli tiembla y no dice nada. Y Bronson: “Debes de ser imbécil”. Y el poli nada, no reacciona. Y Bronson: “Si no me disparas tendré que matarte” y empuña su rifle con mira telescópica. Y el poli lo acribilla, claro, con una ráfaga de nerviosos tiros. Y asà termina la pelÃcula, sin más. “El samurai nace para morir. La muerte, pues, no es una maldición a evitar, sino el fin natural de toda vida”, dice el código Bushido.

La cámara se aleja, dejándonos con las espantosas vistas de una ciudad que se supone que es Nueva York (de hecho, salen las torres gemelas en la carátula) pero que, por su suciedad y cutrez, parece alguna pequeña urbe italiana. Una de esas urbes decadentes y viscosas en la que no hay buenos ni malos, sólo muertos y supervivientes.
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