MURIÓ CON LAS BOTAS PUESTAS
Ha muerto Charlton Heston, a los 84 años. Tenía Alzheimer, pero hasta el final mantuvo el mismo carácter y el mismo aplomo que demostraba a la hora de empuñar armas o interpretar jabatos: “No tiraré la toalla”, prometió cuando anunció su enfermedad en 2002. El cielo sabe que cumplió su palabra.

Aunque a mí no me caen bien algunos de sus amigos (empezando por Bush) ni a él le caen bien algunos de los míos (Ice T y demás rappers: Heston defendía la censura de sus discos), tenemos en común nuestra pasión por las armas. Por eso, voy a dedicarle un post en el que sólo he utilizado fotos de Heston empuñando todo tipo de armas, desde primitivos palos a modernos rifles, pasando por pistolas, metralletas o espadas. Heston amó las armas tanto en la ficción como en esta realidad que la supera y que nunca tiene happy end: aquí, en la vida real, no se comen perdices y siempre vence la muerte. Para bien o para mal.

Como actor, Heston representó el héroe puro y duro, al valiente de gesto estreñido, mirada cínica y voluntad de acero: como Kirk Douglas, bordaba los papeles épicos. A mí no me gustan las películas de gladiadores ni las grandes sagas históricas, así que no puedo evitar un bostezo cada vez que repiten uno de esos larguísimosmetrajes donde Heston hace de Ben Hur, del Cid, de Moisés o de Marco Antonio.

Me quedo con el Heston más contemporáneo, con el héroe solitario enfrentado a un mundo que se le viene encima: sus mejores papeles los identifico con la lucha del individuo contra el mundo moderno.

Encabeza mi lista de películas favoritas de Heston la inolvidable aunque algo acartonada “Cuando ruge la marabunta” (The naked jungle, 1954), donde Heston interpreta a un malhumorado y rabudo héroe que se enfrenta a la llegada del elemento femenino a su austera y asilvestrada existencia, pero también a la invasión de las hormigas (¿insectófoba metáfora de la masa turística que todo lo devora y lo biodegrada?) que amenazan la plantación de cacao que tiene en plena selva sudamericana.

El poli bueno de “Sed de mal” (Touch of evil, 1958) no está entre mis papeles favoritos de Heston, pero merece ser recordado por la inmensidad de la película. El poli malo era Orson Welles: el lado oscuro de la misma moneda.

No está mal haciendo de lobo de mar en “Misterio en el barco perdido” (1959), donde se bate en duelo interpretativo con Gary Cooper. Una película muy estimulante para los que tenemos la frustración de no habernos embarcado nunca en uno de esos mercantes con tripulación llena de caracteres hoscos pero singulares, dotados de una entrañable y viril camaradería.

La que sí es una cumbre de su carrera es la interpretación del zoófilo coronel George Taylor, de “El planeta de los simios”, un tipo desencantado con la raza humana que, como el Kamandi de Kirby, acaba perdido en un mundo dominado por bestias. Obligado por las circunstancias, acaba repartiendo leña entre los monos (que no son de goma) e intercambiando fluidos con alguna simia. Las secuelas no son tan buenas, pero también molan. Eso sí: mejor olvidemos el terrible remake de Tim Burton , del que no se salva ni el cameo de Heston.

El Robert Neville de la infravalorada “El último hombre vivo” (Omega Man, 1971) pese a ser muy inferior al personaje de la clásica novela de Richard Matheson (”Soy leyenda”) y a cualquiera de las zombie-movies de Romero, es otro de mis grandes favoritos, aunque sólo sea por las imagenes de Heston vagabundeando por una urbe desierta y postapocaliptica. Ni el aristocrático Vincent Price ni el apayasado Will Smith lo hicieron mejor en sus respectivas versiones.

También me encantan sus incursiones en el cine catastrofista que estuvo tan de moda en los 70. Charlton protagonizó pinículas tan horteras y entretenidas (en su día: no he vuelto a verlas) como “Aeropuerto 75″ (1974; en la que se convierte en salvador de un avión en apuros), “Terremoto” (del mismo año: aquí hace de ingeniero de obras casado con una frívola ricachona interpretada por Ava Gardner; ambos intentan sobrevivir a un terrible terremoto californiano) o la electrizante “Pánico en el estadio” (de 1976: Charlton hace de jefe de batallón de SWATs que intentan detener a un francotirador que amenaza un multitudinario partido de rugby).

Estas son, si mal no recuerdo, mis pinículas favoritas de Charlton Heston, un hombre republicano hasta la médula, monógamo empedernido (pasó toda la vida con la misma mujer: su señora) y coherente con sus ficciones: defendió siempre las armas, presidiendo la Asociación Nacional del Rifle durante varios años, siendo blanco de los chascarrillos de la progresía, cuando lo que hubiera sido ridículo es que un actor que hizo tal cantidad de filmes bélicos y violentos asistiera a las hipocritonas manifestaciones del “No a la guerra”.

Pero el mejor papel que pudo interpretar Heston, ese para el que, en mi humilde opinión, había nacido, nunca lo hizo, ya que jamás llegó a filmarse una película sobre la magistral novela “Carretera maldita” de Stephen King. Siempre que la releo, no puedo evitar imaginarme al protagonista con el físico de Charlton Heston. No puede ser otro, ese personaje que lo deja todo (mujer y trabajo incluídos) para enfrentarse con balas y bombas a los terroristas del progreso que quieren destruir su casa para construir una espantosa carretera. En esa novela laten todos aquellos entes que se han enfrentado al progreso, sea cual sea su signo: desde los grupos vascos de solidaridad con Itoiz hasta el buen Friedrich Georg y su cabezonería espiritual frente al dominio de la técnica. Como ellos, el personaje de King sabía que llevaba las de perder, pero también que prefería morir que ceder. Morir matando para descansar en paz. Morir con las botas bien puestas.

Archivado en Bichos raros, Mi arsenal, Pinículas | 21 Comentarios »







































