UN DESCENSO AL METRO

Cuando, en los años 70, Kaka de Luxe cantaban aquella canción titulada “Viva el metro”, cuyo estribillo decía: “Qué felicidad que sea tan caro / el metro más feo de Europa”, seguro que ni en sus peores pesadillas se imaginaron lo que iba a subir el precio del billete ni lo que iba a degenerar la calidad del servicio, el paisanaje y la estética de los vagones y estaciones del metro de Madrid.
No, el metro no es tan “kutre” como antes, pero se ha convertido en un auténtico infierno. Gracias al Cielo, trabajo en casa y no tengo que pasar todos los días una eternidad en el metro, y, siempre que debo desplazarme, prefiero hacerlo en el coche de San Fernando (el taxi o el “buseto” también me resultan odiosos). Sin embargo, en alguna ocasión, me veo obligado a descender a los avernos del pestilente suburbano, siempre rebosante de papeles, de colillas, de basura y, si es hora punta, de desperdicios humanos.

El número de madrileños (con o sin permiso de residencia) ha crecido tanto en los últimos años que aquellas imágenes del metro de Tokio con vagones a rebosar, que hasta hace poco nos parecían como de ciencia ficción, se han hecho realidad: y ahí estás, embutido como una sardina en una lata, con tu cartera al alcance de carteristas y tu culo a la altura de braguetas cebolletescas.

Malencarados rostros de seres de subespecies desconocidas te miran con gélidos ojos de besugo, provocándote sensaciones rwaras. Se produce el síndrome del turista, que hace que no sepas muy bien dónde estás, si en la Tierra o en el Planeta de los Simios. Se lo pregunta risueña esta linda chamaquita mofletuda y adicta al “piercing”: “¿Qué está pasando con nuestro país?”
En esos vagones del infierno, algunos de los rostros que te rodean parecen salidos de un relato de Lovecraft. Apretujado junto a ellos, democratizado, tu rango decae: de alguna manera, el metro hace “tabula rasa” y nos pone todos a la misma altura. Somos hormigas, ratas o gusanos que reptan bajo tierra, sintiendo el peso del asfalto. O, mejor aún, si el metro son las tripas de la ciudad, nosotros somos la mierda.

Me dirá alguno: “Sí, pero en Tokio son muy modernos y también van embutidos en sus vagones, e incluso necesitan “empujadores” para apretarlos bien y que quepan todos”. Y yo les contestaré que, lo siento, pero he estado en Tokio y no es lo mismo: allí, al menos, el 99% de los viajantes son japoneses y, por eso, el silencio que allí reina es sepulcral: la mayoría aprovechan para dormir, meditar o trastear con sus móviles.

En el metro de Madrid, por el contrario, hay todo tipo de horrísonos ladridos y soniquetes rompetímpanos:
-Grupos de adolescentes autóctonos que hacen ruido o exclaman paridas a grito pelao, demostrando que la raza degenera.
-”Músicos” y pedigüeños de todas las nacionalidades: darles dinero es voluntario, pero escuchar su música (por llamarla de alguna manera) o sus alaridos no lo es: te la meten por la trompa de Eustaquio te guste o no.
-Murmullo generalizado que siempre hay en todo sitio cerrado español en el que se juntan más de dos personas.

-Los timbres de voz que anuncian las estaciones son chillones, desagradables y grises.
-La gente bufa, ladra, empuja o avasalla a la primera de cambio.
-El sonido de las vías taladra el cerebro como un chorro de ruido industrial.
-Si ha habido un partido de fútbol, la masa enfervorizada que sale de los estadios abarrota los vagones de varias líneas, saltando y gritando, convirtiendo la experiencia del viaje en algo dantesco, convirtiendo los vagones en una puta grada futbolera.

Este video es del metro de México, pero podría ser, perfectamente, el de Madrid, aunque éste está más maqueado. Eso sí, en el de México al menos abunda la especie autóctona y es un país en el que es muy fácil conseguir armas de fuego: así, aumenta el riesgo de agresión pero también la capacidad de autodefensa del viajero.
Cuando llegué a Madrid, hará cosa de tres lustros, el metro estaba más desahogado y poseía otro encanto: un punto “underground”, menos “currito” y más “Suicide”. Sí, había menos cámaras, menos seguridad y menos líneas, pero molaba más. Si te tocaba que te dieran el palo, tenías dos opciones: joderte o pelear por tu dinero.

Hoy, el Metro es más moderno, más vigilado y más sofisticado que nunca. Aún así, todavía es un auténtico colador: en pocos países me he encontrado un metro en el que fuera tan sencillo colarse. Bueno, sí, en Berlín es más fácil. Pero también hay más controles de operarios (en su mayoría “de paisano”) que piden billetes y el riesgo de que te pillen es medio-alto. En Madrid, por el contrario, es raro que te paren para pedirte el billete. En ambos casos, si te colocan te ponen un multón.

Para colarse en el metro, aquí la gente utiliza dos trucos fundamentales: saltar las barras y hacer un “dos por uno”, es decir, pegarse al culo del que va delante para pasar con él sin meter billete: se lo he visto hacer hasta a parejas de señoras de avanzada edad.

Otro truco que se usa para entrar en el metro sin pagar es pasar por la puertecita plateada que usan los empleados, que muchas veces está abierta. Como abierta está esta puertecilla del cajetín del teléfono de seguridad que tiene el botón de alarma de toda la estación: que tentación, ¿verdad?, la de pulsar el botón rojo y salir por patas…

Por llegar, el metro llega hasta el aeropuerto y hasta el Fin del Mundo (Alcorcón), pero viajar en él se ha convertido en un coñazo, por la masificación y el hedor, que contrastan con el excesivamente pulcro aspecto exterior de los vagones.

Por eso, el metro me cae gordo y me gusta que los graffiteros lo disfracen: así, al menos, tiene una pinta más neoyorquina. Pintarrajear el metro hoy, con la cantidad de cámaras y vigilantes que hay, es casi un acto heróico que ha de ejecutarse a toda pastilla. Mola este video titulado “Puto Gay-ardón”, aunque yo creo que se equivocan: la del Metro era Esperanza Aguirre, ¿no?:
A pesar de los muchos millones en seguridad que ha despilfarrado el Metro, sigue habiendo atracos, agresiones y peleas a navajazo limpio entre grupos de “skinheads” y bandas de latinos: en este video se puede comprobar cómo, en cuanto ven un pinchito, los bravos “agentes de seguridad privada”… ponen pies en polvorosa:
Sin embargo, si los heróicos “gorilas” se enfrentan a un único infeliz, no escatiman porrazos. No digo que esté mal que peguen (pues para eso están: son “machacas”, algunos de ellos “maderos” frustrados o ex-porteros de discoteca) pero tampoco está bien hacer la vista gorda con la gente peligrosa y cebarse con dos pobres “koalas” (dominicanos bajitos) que no oponen resistencia ni tienen media hostia:
Eso sí, nadie puede acusar a los vigilantes de racistas: aquí otro “guardia de seguridad” del metro la emprende a patadas y porrazos contra un indefenso mendigo español que dormía en un andén, para expulsarlo del metro como si fuera una alimaña:
Los “gorilas” del metro madrileño pertenecen a Prosegur, una empresa que le da más de 700 millones anuales a la familia del siniestro ex-ministro Mayor Oreja que, al parecer, es una familia de “cipayos” parapoliciales que lleva desde tiempo inmemorial dedicada a comerciar con la “seguridad”, el “infiltramiento” y el “chivateo” de “alto standing”. De una empresa nacida de esos vientos sólo se pueden esperar tempestades tan cobardes como estas:
Además de rápido, dicen que el Metro es un medio de transporte seguro. Sí, pero lo es porque, al controlar la Comunidad de Madrid casi todos los medios de comunicación, se silencian noticias de descarrilamientos de trenes, parones, accidentes y otros desastres. Unos ejemplos al azar: 1) En Carabanchel hubo un descarrile con doce heridos. 2) En Sol, 20 heridos tras chocar un tren vacío con otro lleno:
3) Otro día, descarriló a lo bestia un convoy y la noticia sólo salió en el canal local 33, en la que los miembros de Solidaridad Obrera denunciaron todo tipo de “fallos, accidentes y averías” en el Metro, mientras el alcalde y la presidenta seguían inaugurando estaciones con la misma alegría con la que Franco inauguraba pantanos. Por cierto, me encanta ese paisaje industrial de vías, acero, hierbas y secarrales que sale en el video:
Sí, ya sé que el Metro de Madrid ha sido premiado en Copenhague como “el suburbano europeo que más ha mejorado en los últimos años”. Pero habría que preguntarse en qué ha mejorado, porque la seguridad, el ambiente, la comodidad y la eficacia no lo han hecho. ¿Que es más bonito? Eso para gustos. Yo, francamente, prefiero el oscuro atractivo de la estación fantasma (antes de que la convirtieran en pieza de museo, claro).

Yo, empapado de falsa nostalgia, me quedo con el subdesarrollado encanto del metro que no conocí. Aquel metro de las pinículas de Gracita Morales y José Luis López Vázquez. Aquel metro que parecía más limpio, menos superpoblado y en el que reinaba un ambiente más tranquilo, más confortable y menos sórdido. No, seguro que no era tan rápido, ni tan moderno: pero, al menos, era más agradable. Hasta las aglomeraciones, los empujones y los guardias eran más estéticos y simpáticos. O, al menos, eso parece en estas imágenes de la inolvidable película “Un vampiro para dos” (Pedro Lazaga, 1965):
Sirva este comentario de un anciano y anónimo usuario de Metro para cerrar este post; es un hombre que ha vivido el metro de ayer y también el de hoy, así que su opinión es mucho más valiosa que la nuestra:
“Era mucho más bonito antes que ahora. Mantener el diseño clásico es la clave del encanto de los Metros de París, Londres, Praga, NY… en Madrid siempre y en todo se confunde la piqueta y la demolición con el progreso”.

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