Ayer mismo, vagabundeando por ese vertedero ambulante llamado El Rastro, me topé, en una tienda guarra, con un insólito engendro audiovisual: una polvorienta cinta de VHS que aún no sé muy bien en qué apartado meterla, porque no es exactamente una pinícula, sino… sino… ¿Un musical? Tampoco. ¿Un video X? Casi, pero… Me rindo, no tengo ni puta idea de lo que es, sólo que salen niños bailando y cantando, así que lo meteré en una nueva categoría llamada “Locos bajitos” y punto pelota.
La cosa se llama “Objetivo Macarena” y, en ella, un puñado de criaturas de unos 10 años (Alex, Mayca, Ana, Alejandra, María y Alberto) son castigadas por su sádico maestro (un tal “Profesor Cascarrabias”) a aprenderse en una hora todos los pasos de baile de la popular canción “Macarena”, de Los Del Río. Desesperados y deprimidos ante tamaña misión, los críos holgazanean en una céntrica plaza madrileña cuando, por arte de birlibirloque, detrás de un arbusto de plástico aparece Rambo (Santiago Urrialde) y, tras decir, “dioh mío, eto es un infienno”, les da a los chavales un maquinillo computerizado que parecería sacado de ExistenZ o de un diseño de Giger, si no fuera por que canta a Todo a 100 por los cuatro costados. Con este aparatejo, nuestros pequeños héroes se transforman en Mega Agentes X, un grupo de pedopop a medio camino entre Parchís y La Década.
La cinta (o lo que sea) se convierte entonces en una sucesión de videoclips encadenados por fragmentos argumentales, que pota sobre clásicos del cine musical infantil como “Las aventuras de Enrique y Ana” o “Chispita y sus gorilas”. Las canciones son versiones de superventas de la época como “Johnny Techno Ska” (del makinero Paco Pil, el de “¡dónde está la peña que rompeee!“), “Duro de pelar” (de la profesional y superventas Rebeca), “Cachete, pechito y ombligo” (del incombustible panchito cardado Georgie Dann), “Saturday night” (de Whigfield)… Todas ellas perpetradas con chirriantes vocecillas infantiles que hacen buenos a los Pitufos Makineros. En los clips, los protagonistas se descoyuntan en toscas coreografías junto a los cantantes de cada tema, bailando entre efectos digitales como de Commodore 64 (notas musicales con caritas, burbujas de colorines, hologramas de putones discotequeros…). Todo este infierno dura… ¿Media hora? ¿Tres días? ¿Un siglo? No sabría decirlo. Pero, eso sí, el narcótico efecto de esas imágenes musicales me hizo perder las nociones de espacio/tiempo… hasta que perdí el conocimiento. Fundido en negro.
Cuando recuperé la consciencia, aaargh, la horrible cara de Fernandisco llenaba la pantalla de la tele. Casi vuelvo a caer roto, pero, gracias a Dios, esa horrible aparición fue pronto sustituida por mas alegres y makineros cánticos infantiles. El genial director de la joya, que en un alarde de modestia y sabiduría ha preferido permanecer en el anonimato, no sólo movía la cámara como si estuviera jarto de speed y MDMA, sino que enfocaba los movimientos de los pechitos, los cachetes y los ombligos de las niñas con sospechosa insistencia. Y así pasó otra eternidad… Hasta que la peli llegó a una apoteósis que haría las delicias de Michael Jackson: todo un colegio de niños de entre 5 y 12 años bailando a ritmo de “Macarena” en un patio de recreo, ante los desorbitados ojuelos del Profesor Cascarrabias.
Pero no se confundan: “Objetivo Macarena” no es una pinícula casposa, ni seborreica, ni pizarra. Es una aberración total, una autohumillación extrema para pervertidos terminales. Caca para los ojos. Y ahí está su grandeza. Y ahí está también el porqué de su fracaso. Así, el grupo infantil que protagonizaba esta locura desapareció del mapa y su sello discográfico (MAX) tuvo que cambiar de nombre. Los miembros del conjunto Mega Agentes X volvieron al cole (tras una azotaina paterna) y, diez años después, nadie los recuerda y miles de copias de su ¿película? crían ácaros en los mercadillos de las Españas. Y es que, ya lo dijo Jardiel: “En arte, lo verdaderamente original repugna a las masas”.
