Si las relaciones humanas son ya complicadas y extrañas de por sÃ, regidas por unos códigos casi siempre desconcertantes, la que hay entre padre e hija es ya el acabose: un camino de brasas difÃcil y tortuoso que suele acabar en un desencuentro absoluto cuando ellas crecen. Pero, mientras son pequeñitas, la cosa va bien (¿demasiado bien?) y todo son besos y carantoñas y que guapa y que simpática es mi niña y mi padre es el mejor. La prueba son las decenas de “tutubos “ con devotas dedicatorias de padres a hijas menores de quince años. Veamos uno de mis favoritos, interminable sucesión de fotos de una preteen panchita con una almibarada banda sonora (”O tú o ninguna ” de Luis Miguel ) y unas frases sobreimpresas que intentan en vano expresar la magnitud del amor de padre, que siempre late al filo de lo incestuoso. “Si tú no existieras yo te inventarÃa, preciosa “, teclea el papichulo en un arrebato de poesÃa pixelada. La crÃa no es ninguna beldad, ya lo sé, pero la mirada de un padre nunca es objetiva y la niña de sus ojos es siempre la más bella, la más lista, la más buena… la más todo (menos la más puta, claro… hasta que se echa el primer novio).
Pero los cantos de amor de padres a hijas siempre han existido y siempre existirán (o, al menos, hasta que toque otro régimen espartano en el que se ordenen las relaciones familiares). Ahà está, por ejemplo, el crooner catalufo José Guardiola , que grabó en 1962 el clásico del opuspop “Dà papá ” junto a su hijita Rosa Mary , que preguntaba con vocecilla inocente “Di papá dónde está el buen Dios ” y Guardiola le respondÃa: “Pues sÃ, corazón, sé donde está, puede estar en tà y en mà “.
Para no ser menos, Manolo Escobar , que en 1979 acababa de adoptar una niña a la que bautizó como Vanessa (nombrecito que, por su culpa, se extendió como el tifus entre la basura blanca española) grabó con ella la canción “Mi pequeña flor “.
El españolÃsimo tema estaba plagado de metáforas babeantes, cosa que se perdonaba, pues hay que tener en cuenta que no es lo mismo una hija de sangre que una adoptada, aunque Manolo se derretÃa con ella incluso más que si fuera carne de su carne cuando cantaba aquello de: “Y un canastillo de fresas, rojas como su boquita, dulces como su mirar, pero no, pero no, que yo sólo sé cantar “. Y luego entraba la crÃa, balbuceando: “Papá, papá te quiero muuucho “. Y Manolo contestaba a grito cantao con su inconfundible vozarrón: “¡Cariño miiiiiio, y yo a tà maaaaaás “. Pero es mejor que lo escuchemos, en este genial videoclip, que parece obra de una enloquecida fan preadolescente:
La cumbre absoluta del subgénero la alcanzó Julio Iglesias con “De niña a mujer” (1981), un desmesurado baladón dedicado a su hija de diez años Chabeli (hoy Chábeli). La letra es, tal vez, la creación artÃstica que mejor plasma los desgarradores sentimientos de un padre por su hija (¿me he pasao?). Fue además un long play que incluÃa algunas de las más grandes interpretaciones de Julio (su pseudodiscotequera revisión de “Begin the beguine”, “Que nadie sepa mi sufrir”, “Y pensar “…). Pero la joya del álbum era, con diferencia, la que le daba tÃtulo: “De niña a mujer “, que incluÃa frases que dejaban en evidencia los juegos de seducción espiritual entre padre e hija: “Eras niña de largos silencios y ya me querÃas bien; tu mirada buscaba la mÃa, jugabas a ser mujer “.
Aunque era y es un padrazo, en el concierto que vamos a ver en el próximo teletubo Julio cambia a su hijita (que debÃa estar internada en un colegio del Caribe por dejar alguna para septiembre) por otra chiquilla, que no se parece en nada a Chabeli pero que no tiene mucho que envidiarle (¿el padre, tal vez?) y acepta encantada las palabras, las caricias y los dineros del cantante exfutbolista. Y es que este Julio no tenÃa remedio: le era infiel hasta a su propia hija.
Chabeli, que en verdad debÃa estar liadÃsima, no se personó ni siquiera en el video original de la canción, en el que sencillamente se intercalaban primeros planos de Julio moviendo su bocacartón junto a un árbol con instantáneas de su filia amantÃsima :
Tres años después del canto a Chabeli, hey, Serge Gainsbourg -que siempre tuvo por las jovencitas una singular debilidad- grabó una tórrida canción de pasión paternofilial con su hija preadolescente, Charlotte (fruto de su unión con Jane Birkin ). La letra, en gabacho, era un escándalo, con frases tan desvergonzadas como “el amor que nunca haremos juntos es el más hermoso, el más violento, el más puro… “. (Si hay alguna falta, la culpa es del traductor de Google ).
No contento con la poplémica que provocó la canción en sÃ, Gainsbourg grabó este lúbrico y espectacular videoclip, en el que aparece en un futurista catre medio en pelotas remoloneando con su hija de trece años recién cumplidos (también medio desnuda). Las madres de medio mundo se llevaron las manos a la cabeza, mientras los padres apagaban la tele visiblemente incómodos.
Y a sà nos podrÃamos pasar todo el dÃa, viendo vÃdeos de padres e hijas, porque hay para aburrir. Pero yo, que acabo de terminar de ver el número 37 (“You “ , vocal duet de Don Costa con su hija Nikka ) estoy ya francamente empalagado de tanta sacarosa audiovisual. Sólo me queda cerrar este atracón con una guinda-aforismo del family guy y crÃtico musical DarÃo Vico : “La paternidad es como la pedofilia pero sin sexo “. Va a ser que sÃ.