“Ha visto uno tanto inútil, tanto imbécil, tanto cínico y egoista progresar en la vida, que uno se resiste a creer que la inutilidad, la imbecilidad, el cinismo o el egoísmo le hayan impedido a uno hacer su camino.
Puede uno asegurar con fuerza que, si uno tiene algo de inútil, de imbécil, de cínico y de egoista, estas condiciones no son las que le han cerrado a uno el paso y le han impedido avanzar.
Por el contrario, han sido las condiciones buenas las retardatarias: la ingenuidad, la probidad, la buena fe. Es estúpido y cobarde que uno tenga que vivir respetando estrechamente las normas que inventaron los antepasados, que se pudren en los cementerios, y sin embargo es así. Rebelarse contra la mentira es peligroso.
Hay que respetar lo que no se cree; que un labriego, vestido de negro, porque ha estudiado en un seminario de latín de cocina y le han hecho una calva en la cabeza, es el representante de dios. Hay que respetar al rico, aunque sea usurero; al aristócrata, aunque sea un cretino; al militar, aunque sea un tonto; y al magistrado, aunque desacierte constantemente”. Pío Baroja.
“Trepadoras: plantas que, no pudiéndose valer de sí mismas para mantenerse enhiestas, se encaraman a otra planta, un muro, un peñasco u otro soporte, por medio de zarcillos de uncinos o de raíces adventicias o bien enroscándose a un sustentáculo rollizo si la planta es voluble”. Diccionario de botánica.
Como ocurre con otras expresiones de moda, hoy en día se abusa de la palabra “trepa”, se le llama trepa a cualquier cosa, es un comodín casi, lo de “trepa”. Y, sin embargo, pocos seres son dignos de este popular calificativo que define a todos aquellos individuos que tienen un arte y un instinto especial para escalar en los escalafones de una empresa, de un país o de la vida en general, apoyándose en otros seres. Para bien y para mal, yo carezco por completo de dotes trepistas y, por eso, me fascinan las personas trepas y dedicaré este post a analizarlas con ojos de entomólogo.
En una fiesta de empresa, el trepa se diferencia del pelota por un detalle, sutil pero importante: el pelota entra en la fiesta y va corriendo a dar cepillo a los jefes. El trepa, entra en la fiesta, se dirige amablemente a sus compañeros de curro, los saluda con sonrisas y halagos, se tira un buen rato charlando afablemente con ellos y, sólo una hora después, va a dar coba a los jefes. El trepa, de esta forma, se camufla y no es desenmascarado por sus compañeros, que son una valiosa fuente de información. Cae bien a todo el mundo. Es un mago de las relaciones públicas que, en apariencia, sólo sabe agradar.
Pero tras su dicharachera careta de buen chaval, de persona “de izquierdas”, de trabajador honrado y humilde que se esfuerza para aprender de sus compañeros y sus jefes, se esconde una peligrosísima sanguijuela, un lobo con piel de cordero que mete cizaña entre curritos, da chivatazos a los amos, propina puñaladas por la espalda, se pone medallas de trabajos ajenos y siembra el malestar general para aprovecharse del caos y medrar victorioso por encima de todos.
Un buen trepa es dificil de reconocer, y se suele descubrir cuando es demasiado tarde y ya ha llegado a la cima. Pero, si se da el caso de que es detectado antes, tampoco es fácil luchar contra él: aún después de hacerte un putadón, un trepa tiene recursos suficientes como para convencerte en cinco minutos de su buena voluntad y hacerte creer de nuevo que es un tío de puta madre y hasta tu amigo, para seguir chupándote información (sin dar nada a cambio) y vampirizando tu curro. Como las plantas trepadoras, los trepas son flexibles, bordean sutilmente los problemas y se adaptan a todo, siempre hacia arriba. Se pueden neutralizar sus ataques, pero no impedir su ascenso. Eso sólo puede lograrlo otro trepa más grande y poderoso que él.
El trepa se caracteriza por absorber información y conocimientos de los demás, pero nunca compartir los suyos (o, si lo hace, es en pequeñas dosis y para no levantar sospechas); aprende rápido y jamás reconoce el valor de la persona que le enseña; se atribuye con frecuencia el mérito de trabajos ajenos; calumnia, descalifica y apuñala a los demás por la espalda… Y todo con una inmensa sonrisa en los labios.
El objetivo del trepa es alcanzar puestos de poder sin importar los medios que tenga que utilizar para ello. El trepa es implacable: quiere llegar a su meta, como todos, pero no se anda con chiquitas. En este sentido, no sólo es primo hermano del parásito sino también del depredador: actúa por instinto, de forma consciente y activa, sin ningún tipo de ética o remordimiento. Esto lo convierte en un ser más puro que el currito medio, que odia al trepa porque no puede ser como él. El trepa, sin embargo, ve a sus compañeros y a sus jefes como simples instrumentos de su plan. Son escalones, no personas.
Hay trepas y trepas. Subordinados que trepan por encima de sus superiores, compañeros que trepan por encima de otros trabajadores o jefes que trepan a costa del trabajo de subordinados (bueno, esto último no cuenta casi porque es demasiado tan común que aburre: jefes a los que el puesto les queda grande que se adjudican el mérito del trabajo de sus esclavos). Sin embargo, el objetivo final del buen trepa, del maestro trepista, no es hacerle la cama al jefe, sino acabar siendo jefe de su jefe. Y luego chulearlo o, si da problemas, despedirlo sin pestañear.
A los jefes les gustan los pelotas porque a nadie le amarga un dulce, pero en el fondo los desprecian. Sin embargo, admiran la hipocresía del trepa, fiel reflejo de la suya. Porque el trepa no sólo da coba y chivatea, también tiene la intuición necesaria para adelantarse a los deseos del jefe, para postularse como alguien que puede ser muy útil. Y todo sin dejar de lamer culos… Porque un trepa sólo deja de chupar traseros cuando ha alcanzado la cumbre absoluta. Entonces, se hace carne el mítico refrán: “Dale un carguito y verás quién es fulanito”.
Aunque el trepa macho tiene más voluntad de poder que el trepa hembra, este último posee más recursos. El trepa de sexo femenino puede llegar a subir más alto y a hacer más daño, porque la mujer cuenta con más instrumentos para trepar: además de su cuerpo, tiene instintos sociales y emocionales que el hombre no es capaz ni de sospechar.
Las multinacionales, las editoriales, los palacios, los platós o los clubes de alto standing están llenos de trepas. Pocos llegan a algo en este mundo a base de su esfuerzo o su genio. Si no tienen enchufe, deben poseer dotes para el medraje. Los jefes, los políticos, los empresarios, los ricos, los poderosos en general (y todas sus mujeres), son trepas o herederos de trepas. La anomalía se produce cuando alguien llega ahí arriba con el sudor de su talento. Por eso, en esos círculos están tan mal vistas las personas brillantes: son sospechosas.
Como la vívora o el escorpión, el trepa hace mucho daño, pero no actúa con malicia. Sólo una minoría entre los trepas son sádicos y joden a los demás aposta. El auténtico trepa posee una personalidad tan narcisista y manipuladora que actúa con total naturalidad, sin pararse a pensar en las consecuencias que sus acciones pueden tener para terceras personas. Cuando alcanza su meta, el trepa cree que ha hecho bien, que es mejor que los demás y que se merece su éxito.
Y, ciertamente, el trepa es superior en lo suyo: en subir y en seguir subiendo y en mantenerse arriba a costa de los demás. Mas su vida interior es un conjunto vacío. Son seres que crecen como setas en la actualidad porque este sistema los fomenta y es el mejor caldo de cultivo para ellos. Sin trepas el mundo no sería como es. Por eso, la única manera de exterminarlos implicaría una compleja y violenta reestructuración total del Sistema, un giro de 90 grados tras el cual se aislaría a los trepas en gulags. Como esto, por el momento, no es posible, habrá que aprender a detectarlos para mantenerse alejado de ellos. De los trepas, digo. Bueno, y del trabajo también.