“Ha visto uno tanto inútil, tanto imbécil, tanto cínico y egoista progresar en la vida, que uno se resiste a creer que la inutilidad, la imbecilidad, el cinismo o el egoísmo le hayan impedido a uno hacer su camino.
Puede uno asegurar con fuerza que, si uno tiene algo de inútil, de imbécil, de cínico y de egoista, estas condiciones no son las que le han cerrado a uno el paso y le han impedido avanzar.
Por el contrario, han sido las condiciones buenas las retardatarias: la ingenuidad, la probidad, la buena fe. Es estúpido y cobarde que uno tenga que vivir respetando estrechamente las normas que inventaron los antepasados, que se pudren en los cementerios, y sin embargo es así. Rebelarse contra la mentira es peligroso.
Hay que respetar lo que no se cree; que un labriego, vestido de negro, porque ha estudiado en un seminario de latín de cocina y le han hecho una calva en la cabeza, es el representante de dios. Hay que respetar al rico, aunque sea usurero; al aristócrata, aunque sea un cretino; al militar, aunque sea un tonto; y al magistrado, aunque desacierte constantemente”. Pío Baroja.
Publicado el Miércoles, 23 de Abril de 2008 por dildo
“Trepadoras: plantas que, no pudiéndose valer de sí mismas para mantenerse enhiestas, se encaraman a otra planta, un muro, un peñasco u otro soporte, por medio de zarcillos de uncinos o de raíces adventicias o bien enroscándose a un sustentáculo rollizo si la planta es voluble”. Diccionario de botánica.
Como ocurre con otras expresiones de moda, hoy en día se abusa de la palabra “trepa”, se le llama trepa a cualquier cosa, es un comodín casi, lo de “trepa”. Y, sin embargo, pocos seres son dignos de este popular calificativo que define a todos aquellos individuos que tienen un arte y un instinto especial para escalar en los escalafones de una empresa, de un país o de la vida en general, apoyándose en otros seres. Para bien y para mal, yo carezco por completo de dotes trepistas y, por eso, me fascinan las personas trepas y dedicaré este post a analizarlas con ojos de entomólogo.
En una fiesta de empresa, el trepa se diferencia del pelota por un detalle, sutil pero importante: el pelota entra en la fiesta y va corriendo a dar cepillo a los jefes. El trepa, entra en la fiesta, se dirige amablemente a sus compañeros de curro, los saluda con sonrisas y halagos, se tira un buen rato charlando afablemente con ellos y, sólo una hora después, va a dar coba a los jefes. El trepa, de esta forma, se camufla y no es desenmascarado por sus compañeros, que son una valiosa fuente de información. Cae bien a todo el mundo. Es un mago de las relaciones públicas que, en apariencia, sólo sabe agradar.
Pero tras su dicharachera careta de buen chaval, de persona “de izquierdas”, de trabajador honrado y humilde que se esfuerza para aprender de sus compañeros y sus jefes, se esconde una peligrosísima sanguijuela, un lobo con piel de cordero que mete cizaña entre curritos, da chivatazos a los amos, propina puñaladas por la espalda, se pone medallas de trabajos ajenos y siembra el malestar general para aprovecharse del caos y medrar victorioso por encima de todos.
Un buen trepa es dificil de reconocer, y se suele descubrir cuando es demasiado tarde y ya ha llegado a la cima. Pero, si se da el caso de que es detectado antes, tampoco es fácil luchar contra él: aún después de hacerte un putadón, un trepa tiene recursos suficientes como para convencerte en cinco minutos de su buena voluntad y hacerte creer de nuevo que es un tío de puta madre y hasta tu amigo, para seguir chupándote información (sin dar nada a cambio) y vampirizando tu curro. Como las plantas trepadoras, los trepas son flexibles, bordean sutilmente los problemas y se adaptan a todo, siempre hacia arriba. Se pueden neutralizar sus ataques, pero no impedir su ascenso. Eso sólo puede lograrlo otro trepa más grande y poderoso que él.
El trepa se caracteriza por absorber información y conocimientos de los demás, pero nunca compartir los suyos (o, si lo hace, es en pequeñas dosis y para no levantar sospechas); aprende rápido y jamás reconoce el valor de la persona que le enseña; se atribuye con frecuencia el mérito de trabajos ajenos; calumnia, descalifica y apuñala a los demás por la espalda… Y todo con una inmensa sonrisa en los labios.
El objetivo del trepa es alcanzar puestos de poder sin importar los medios que tenga que utilizar para ello. El trepa es implacable: quiere llegar a su meta, como todos, pero no se anda con chiquitas. En este sentido, no sólo es primo hermano del parásito sino también del depredador: actúa por instinto, de forma consciente y activa, sin ningún tipo de ética o remordimiento. Esto lo convierte en un ser más puro que el currito medio, que odia al trepa porque no puede ser como él. El trepa, sin embargo, ve a sus compañeros y a sus jefes como simples instrumentos de su plan. Son escalones, no personas.
Hay trepas y trepas. Subordinados que trepan por encima de sus superiores, compañeros que trepan por encima de otros trabajadores o jefes que trepan a costa del trabajo de subordinados (bueno, esto último no cuenta casi porque es demasiado tan común que aburre: jefes a los que el puesto les queda grande que se adjudican el mérito del trabajo de sus esclavos). Sin embargo, el objetivo final del buen trepa, del maestro trepista, no es hacerle la cama al jefe, sino acabar siendo jefe de su jefe. Y luego chulearlo o, si da problemas, despedirlo sin pestañear.
A los jefes les gustan los pelotas porque a nadie le amarga un dulce, pero en el fondo los desprecian. Sin embargo, admiran la hipocresía del trepa, fiel reflejo de la suya. Porque el trepa no sólo da coba y chivatea, también tiene la intuición necesaria para adelantarse a los deseos del jefe, para postularse como alguien que puede ser muy útil. Y todo sin dejar de lamer culos… Porque un trepa sólo deja de chupar traseros cuando ha alcanzado la cumbre absoluta. Entonces, se hace carne el mítico refrán: “Dale un carguito y verás quién es fulanito”.
Aunque el trepa macho tiene más voluntad de poder que el trepa hembra, este último posee más recursos. El trepa de sexo femenino puede llegar a subir más alto y a hacer más daño, porque la mujer cuenta con más instrumentos para trepar: además de su cuerpo, tiene instintos sociales y emocionales que el hombre no es capaz ni de sospechar.
Las multinacionales, las editoriales, los palacios, los platós o los clubes de alto standing están llenos de trepas. Pocos llegan a algo en este mundo a base de su esfuerzo o su genio. Si no tienen enchufe, deben poseer dotes para el medraje. Los jefes, los políticos, los empresarios, los ricos, los poderosos en general (y todas sus mujeres), son trepas o herederos de trepas. La anomalía se produce cuando alguien llega ahí arriba con el sudor de su talento. Por eso, en esos círculos están tan mal vistas las personas brillantes: son sospechosas.
Como la vívora o el escorpión, el trepa hace mucho daño, pero no actúa con malicia. Sólo una minoría entre los trepas son sádicos y joden a los demás aposta. El auténtico trepa posee una personalidad tan narcisista y manipuladora que actúa con total naturalidad, sin pararse a pensar en las consecuencias que sus acciones pueden tener para terceras personas. Cuando alcanza su meta, el trepa cree que ha hecho bien, que es mejor que los demás y que se merece su éxito.
Y, ciertamente, el trepa es superior en lo suyo: en subir y en seguir subiendo y en mantenerse arriba a costa de los demás. Mas su vida interior es un conjunto vacío. Son seres que crecen como setas en la actualidad porque este sistema los fomenta y es el mejor caldo de cultivo para ellos. Sin trepas el mundo no sería como es. Por eso, la única manera de exterminarlos implicaría una compleja y violenta reestructuración total del Sistema, un giro de 90 grados tras el cual se aislaría a los trepas en gulags. Como esto, por el momento, no es posible, habrá que aprender a detectarlos para mantenerse alejado de ellos. De los trepas, digo. Bueno, y del trabajo también.
Publicado el Miércoles, 30 de Enero de 2008 por dildo
Esta noche no podía dormir. Intenté contar ovejas, pero sólo venían a mi cabeza bichos bola. Desfilaban por mi mente, correteando vivarachos con sus cien pies o rodando, transformados en pelotillas. Y yo me divertía observándolos. Pero no me dormía. Porque, a diferencia de las ovejas y de las personas, los bichos bola no son aburridos.
El bicho bola, también llamado cochinilla de la humedad, bicho píldora o bicho balín, puede parecer un insecto, pero en realidad pertenece al grupo de los crustáceos, aunque habita en tierra firme, sobre todo debajo de las piedras, las hojas secas o los troncos… En general, se siente a gusto en cualquier entorno que mantenga fresco su aparato respiratorio, por eso es raro verlos en el secarral madrileño, donde a duras penas sobreviven alimañas como la cucaracha o el hombre. Los bichos bola prefieren los jardines y las huertas, pero a veces entran en las casas; en el patio de mi colegio, en Galicia, había muchos y los niños nos hacíamos sus amigos y jugábamos con ellos a las canicas; también había cerdos que se los comían, tal vez influidos por los exóticos documentales de Miguel de la Quadra Salcedo. Tiene varios nombres científicos, este animalillo, dependiendo de la variedad, pero mi favorito es Porcellio Scaber. Si algún día engendro un vástago lo llamaré así. Porcello Scaber de Congost. Qué bien suena…
El cuerpo de estos bicharracos trilobíticos se divide en tres partes fundamentales: cefalotórax (cabeza y primer segmento torácico), pereon (o tórax) y pleon (o abdomen). Pertenecen al orden isópodo, o sea, que tienen siete pares de patas (podos) iguales (iso) con las que logran moverse a considerable velocidad.
Pero lo que hace divertidos a estos seres es la conglobación o volvación, es decir, que si alguien o algo los toca, se enrollan, formando una esfera casi perfecta y lisa gracias al ajuste de las piezas del exoesqueleto. Esta es una forma de defensa genial frente a los depredadores pues, al enroscarse, los órganos sensoriales y las partes más blandas y vulnerables de la criatura quedan envueltas y protegidas por el resistente exoesqueleto. De esta forma, también se reduce la pérdida de agua. Así, embolados, aguantan un rato largo, hasta que pasa el peligro y vuelven a estirarse, recuperando su estabilidad sobre el suelo. Tocando muchos de estos bichos, he podido comprobar que los hay más y menos tímidos o cobardes o precavidos, pues unos tardan más que otros en deshacer su bolita para recuperar su forma andarina.
Aunque existen muchos tipos de bicho bola, el que más abunda en Europa es el Armadillum vulgare, una cosita que, pese a su nombre, no tiene nada de vulgar: 15 milímetros de largo por cinco de ancho, con antenas cortas y articuladas, telson triangular y color castaño-ceniza. Se trata de la única especie de bicho bola que se enrosca formando una esfera perfecta, así que es una suerte tenerlo por aquí. Y es una lástima que muchos jardineros lo gaseen o lo fumiguen con Glacoxan E como si fuera una mala bestia. Total, sólo porque devore unos cuantos miles de cotiledones y semillas…
El alimento favorito de este crustáceo terrestre es la soja, aunque tampoco le hace ascos al maíz o a la alfalfa. Estricto vegetariano, también traga hojas, raíces, flores y frutos de diversas especies. Yo quiero montar una granja de bichos bola y alimentarlos con pipas de calabaza y carne humana. Mi objetivo es desarrollar una mutación gigante de esta criatura, para repoblar el mundo con una raza superior.
En mis experimentos de cruce he observado que los bichos bola follan como conejos, enganchándose por los culos. Tres o siete semanas después del coito, la hembra supura unos huevecillos de 0′7 milímetros en su faz ventral. A veces porta en su abultada tripa hasta 200 huevos, guardando una inquietante semejanza con la embarazada humana. Cuando los huevos eclosionan, he podido comprobar que de ellos salen unos microseres de color blanco y ojos saltones, que se quedan enganchados durante unas semanas más a la madre, vampirizando su energía. Cuando crecen hasta un milímetro, ya empiezan a autoabastecerse y, en pocas semanas, alcanzan los dos o tres milímetros de longitud. Después, les sale la nueva piel, y ya son idénticos a sus papás, sólo que más pequeñitos. A los 25 meses, se pueden considerar adultos y son capaces de reproducirse. Aunque en su sociedad no están muy bien vistas, algunos de estos bichos desarrollan perversiones sexuales. Los especímenes más degenerados se entregan a la babofilia (o sexo con babosas), que está tan mal considerada como la zoofilia en la cultura humana. Sin embargo, apenas hay constancia de casos de homosexualidad en esta especie.
El Armadillum vulgare tiene vive un máximo de 41 meses (tres años y cuatro meses) y, llegado a esa edad, muere de viejo, con el exoesqueleto arrugado. Los isópodos jóvenes cambian de exoesqueleto a menudo, pero los adultos sólo una vez cada dos meses. La muda se produce en dos etapas: primero la parte posterior y luego la anterior, para no ser completamente vulnerables a los posibles ataques ni quedarse secos.
En fin, que es una joya, el bicho este. Veámoslo al fin en acción, con música tarantinesca de fondo. Si yo fuera Quentin, haría mi próxima película con bichos bola. Sin duda, sus conversaciones resultarían mucho más interesantes que las de las babosas que salían en “Death Proof“.
Publicado el Viernes, 31 de Agosto de 2007 por dildo
He vuelto de mi retiro galaico y, un año más, me puedo jactar de haberme bañado repetidas veces en aguas atlánticas sin sufrir picaduras de escarapotes. Estos bicharracos me han picado unas diez veces en mi infancia y adolescencia, y jamás podré olvidar el dolor que produce su veneno, porque es uno de los más intensos que he padecido jamás (por ejemplo, un dolor de muelas fuerte es un camino de rosas comparado con esto). ¿Por qué ahora ya no me pican? No lo sé. Tal vez porque disfruto de menos días de playa o porque la acción del chapapote del Prestige ha diezmado a los escarapotes. O quizás sea que, simplemente, ya agoté todas las probabilidades de que me piquen. Ojalá…
Los peces venenosos pululan por las aguas marinas de Europa y el norte y oeste de África y son conocidos como fanecas bravas, peces araña, peces víbora o salvariegos. En este grupo también puede incluirse la familia Scorpanidae o peces escorpión con especies como el escarapote, cabracho o tiñosu (Scorpena scrofa), la escorpina o rascacio (Scorpaena porcus) y la cabra de fondo o gallineta (Helicolenus dactylopterus).
Los peces del género Trachinus viven en fondos arenosos y son voraces depredadores de pececillos, crustáceos y quisquillas.Tienen el cuerpo alargado, de color amarillento a marrón con pequeñas manchas oscuras, y pueden medir hasta 45 centímetros. Poseen tres espinas detrás de la cabeza, sobre el lomo, de color negro, que les da un aspecto de peces punkis. Durante el día son sedentarios y permanecen semienterrados en la arena (pueden vivir a profundidades inferiores al metro) comiendo lo que les trae la marea, mientras que por la noche salen a cazar. Son bichos peligrosos incluso después de muertos, ya que en las bases de las espinas hay unas bolsas con veneno que fluye por simple presión al clavarse en un sitio blando. También poseen espinas venenosas en las agallas. Al hombre no se lo comen, pero como se ocultan bajo la arena es fácil pisar sus crestas de espinas venenosas llenas de una sustancia urticante cuyos efectos dolorosos dependen mucho de la sensibilidad de quien la recibe y de la fuerza del pisotón.
Cuando era niño, un viejo mariñeiro me contó que él cazaba sollas en la orilla de la playa (la solla es un pez plano e inofensivo que está muy rico y también se esconde bajo la arena) pisándolas con fuerza y luego cogiéndolas vivas con la mano; un día creyó ver una y la pisó… pero resultó ser un escarapote que le inyectó litros de veneno. Cuanto más fuerte es la pisada, más veneno recibes. Aquel viejo lobo de mar sufrió un dolor atroz durante dos días y dos noches.
La cresta venenosa de los peces punkis fue todo un regalo de mamá Naturaleza. Gracias a ella, pueden descansar en paz bajo la arena sin ser aplastados por el animal humano. Ellos ni atacan ni se mueven. Las picaduras se producen, sobre todo, cuando los pescadores los manipulan para sacarlos del sedal o cuando son pisados por bañistas que caminan descalzos por la orilla del mar. De ahí que, hace años, se usaran unas sandalias de plástico llamadas “cangrejeras” o “fanequeiras” (popularizadas por Tito, Piraña y Chanquete en la pedoserie “Verano Azul“) para evitar este tipo de picaduras. Pero yo me negaba a ponerme este calzado porque era feo y molesto y hacía llagas en los pies. Así que sufría las picaduras cuando me tocaba. El mar no es una piscina y a veces Neptuno nos exige un peaje por bañarnos en sus aguas. El precio más caro lo pagan los que terminan ahogándose o siendo pasto de pirañas y tiburones.
La picadura de los peces punkis provoca un dolor fuerte e irrita todo el miembro, persistiendo de 2 a 24 horas (resulta más aproximada la medición de los marineros que, siempre en sintonía con el tiempo natural, dicen que el dolor dura “de marea a marea” ). También puede formarse un edema progresivo que en media hora afecta a toda la extremidad y mina el cuerpo y el alma. Las infecciones secundarias son además bastante frecuentes.
Para aliviar la picadura, se puede sumergir el pie en un cubo con hielo. El amoniaco o el pis también suavizan el dolor, aunque nada lo elimina por completo, así que lo mejor es morder una bala y aguantar hasta que pase la marea. Como el placer, el dolor puede hacer que te olvides de tí mismo y elevarte más allá de la conciencia. Si no se tiene morfina a mano, es un buen momento para relajarse y experimentar con estas sensaciones extremas.
Para pescar peces punkis se utilizan redes de fondo y aparejos de anzuelo. Son piezas valiosas porque con ellas se hacen platos tan ricos ricos ricos como el pastel de cabrachoo la faneca frita con ensalada. Este verano me he puesto ciego a comer peces punkis y aún recuerdo como si fuera ayer cómo dolían sus picaduras. Así se cierra un pequeño ciclo natural: el pez grande devora al pequeño; el pez punki pica al humano; el humano se zampa al pez punki. Pero más vale ser pez punki que mondrigón de playa.
Publicado el Martes, 19 de Junio de 2007 por dildo
Queda inaugurada la categoría “El hombre y la tierra”, dedicada al maravilloso mundo de los animalitos raros; un bestiario bizarro para que no se diga que, siendo un zoo, aquí no se habla nunca de bicharracos. Como veis, el título es un bonito homenaje al llorado Félix Rodríguez de la Fuente, ese gran precursor de la divulgación zoófila española (aunque en los pasillos de RTVEaún quede algún funcionario tiñoso jurando y perjurando que Félix fue un canalla y un megalómano que puteaba a los animales, sometiéndolos a crueles torturas con tal de conseguir un buen plano). Así que, en primer lugar, guardemos un minuto de silencio para recordar al amigo Félix. No, tranquilos, no voy a poner una canción de Enrique y Ana, sino la cabecera de “El hombre y la tierra”, aquel mítico pograma que enseñó a toda una generación a comprender y a temer un poco más a Mamá Naturaleza:
Visto esto, ya podemos secarnos las lágrimas y hablar del pez vampiro o candirú (Vandellia cirrhosa), uno de los seres más peligrosos y espeluznantes del planeta, que pertenece a la nada recomendable familia de los siluros o peces-gato. El candirú es una cosa de ojos diminutos, color azulado y aspecto limoso, cuyo tamaño oscila entre los 6 y los 22 centímetros. Su boca es pequeña, sí, pero casi tan desagradable y letal como la de la piraña.
Ahora que llega el verano, muchos turistas acuden a zonas exóticas (como el Amazonas) a darse largos baños en los ríos… tan largos que los muy guarros terminan por hacer aguas menores mientras chapotean. Y ahí es donde entra el pez vampiro que, casi transparente e invisible en el agua, acude a la velocidad del rayo cuando detecta con sus simpáticas antenitas los compuestos nitrogenados que flotan en la orina humana o animal (valga la flunflunflancia). Entonces, sube por el chorro de pis y se introduce en el conducto uretral (ya sea pene o vagina) en menos que canta un papagayo.
Aunque el candirú es pansexual, prefiere a las mujeres y en cuanto “huele” a menstruación o a orines femeninos se pone tieso y allá va, a penetrar la vagina con la misma alegría con la que se mete en las agallas de otros peces o en los penes de cualquier animal (racional o no) y, una vez dentro, se fija con unos anclajes orgánicos, muerde a la víctima y le chupa la sangre desde sus propias entrañas. Poco le importa a este desalmado si su “huésped” es una inocente niña, un perro viejo, un saltarín salmonete o un mondrigonazo nudista (no en vano, también se dan muchos casos de ataques por el culo). Este demonio ataca sin piedad y la única forma humana de extraerlo de un cuerpo es la cirugía extrema y urgente, porque si se intenta sacar “a pelo” la víctima corre el peligro de morir desgarrada en un charco de sangre.
Algún lector incauto que tenga ya billetes reservados para irse al Amazonas estará gritando: “¿¿¿Pero cómo voy a encontrar un quirófano en plena selva??? ¡¡¡Tiene que haber otra forma de deshacerse de este cabrón!!!”. Claro, hombre, claro. El remedio “alternativo” más, ejem, popular consiste en amputar el pene (si has tenido la suerte de no nacer mujer)… y para ambos sexos sirve el tradicional sistema de los curanderos indígenas, que disuelven al pez echándole el jugo de cierta planta mágica; lo malo es que se trata de un remedio taaaan lento que, casi siempre, cuando surte efecto ya queda poco que salvar dentro del cuerpo del desgraciado. Lo más eficaz, entonces, puede que sea ponerse un par de gruesos condones (ellos) o un cinturón de castidad (ellas). Y, por encima de todo, evitar bañarse en cueros en aguas habitadas por esta singular criatura, que opera tanto de día como de noche, en zonas de calma chicha o de corrientes limonás. Si no, se corre el riesgo de notar un cosquilleo subiendo por la entrepierna e, ipso facto, los horribles síntomas: insoportable dolor de atributo, pis con mucha sangre y, al cabo de unas horas, muerte.
Pero siempre está el típico incrédulo, el turista bandarras que, en bermudas y con un porro en la diestra, se ríe de este post y, una vez en el Amazonas, hace caso omiso a las contínuas advertencias de los lugareños, y se cree que todo forma parte de una vieja ecoleyenda para evitar que la gente se mee en los ríos sudacas. A ti, turista escéptico, te dedico este video que demuestra la existencia (y el modus operandi) del terrible candirú, el carnero acuático, el pez vampiro que te comerá por dentro si osas ensuciar con tu sucio pis las aguas de la selva sagrada. A ti, turista pasota, te digo (nunca mejor dicho) “que te folle un pez”.