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Bienvenidos a la segunda y esperadísima entrega del Diccionario de los Fluidos Corporales. Hoy hablaremos de un líquido acuoso, amarillento y humeante, de olor fuerte e inconfundible, que es expulsado por el aparato urinario… Sí, lo han adivinado: hoy hablaremos del PIS.

El pis, orina o meada es generado por los riñones, que lo filtran por los uréteres hasta la vejiga urinaria, donde se almacena. Cuando la vejiga está muy llena, surgen esos desagradables pinchazos llamados “ganas de hacer pis” y nos vemos obligados a echarlo fuera mediante la micción. La uretra la poseen ambos sexos, pero mientras en la mujer sólo vale para mear, en el hombre también sirve para permitir el paso del esperma desde las vesículas seminales hasta el exterior.

Por eso es bueno mear antes y después de eyacular: para no volver loca a la uretra haciendo pasar por ella líquidos mezclados y para que no entren ganas de orinar durante el acto sexual. Cuando meamos estamos limpiando el organismo, filtrando todo lo malo: drogas, alcohol, urea, sodio, potasio… Si no mearamos, nos convertiríamos en una especie de gallifantes hinchados y reventaríamos, corroidos por mil infecciones.

El hombre, como cualquier animal, está programado por la naturaleza para evacuar el pis en cualquier momento o lugar, sin cortarse. Pero la civilización nos ha enseñado, desde pequeñitos, que sólo debemos mear en váteres o urinarios.

Entre los doce meses y los dos años de edad, los padres empiezan a educar a sus criaturas para que hagan “pipí” en su sitio. Cada hora, los sientan en orinales o en adaptadores para que no se cuelen por el agujero del váter y acaben en las alcantarillas. Poco a poco, las crías humanas van aprendiendo a pedir el pis y a ir solitas al váter.

Pero la infancia dura poco. Luego crecemos, nos pervertimos y empezamos a hacer guarradas, desviándonos del buen camino marcado por los papás y meando fuera de la bacenilla. Y no porque seamos ciegos, como este señor al que se le desvía el chorro del sitio adecuado:
Entre otras cosas, olvidamos que debemos hacer pipí en el váter y, con los riñones llenos de alcoholazo, meamos en el primer sitio que se nos pone a tiro. Los hombres somos todos unos guarros y, si nos entran ganas, sacamos la manguera y vaciamos la vejiga en cualquier parte. Por ejemplo, en un coche de policía. ¡Gamberro!

Las tías lo tienen más difícil pero, sin embargo, las muy desvergonzadas hacen lo mismo. Hoy en día ya no tienen sentido del pudor y les da igual que les vean el culete. Se bajan las bragas, se abren de piernas y, ¡hala! a mear en plena calle, ya sea en una esquina…

…entre dos coches…

…contra un buseto…

…y hasta en un cajero automático!!! Lo dicho: ya no se respeta nada, ni siquiera algo tan sagrado como un banco…

También hay degenerados que utilizan el pis para excitarse, o sea, que son fetichistas de la orina. Dentro de esta parafila, cabe destacar cuatro subgéneros:
1) Pee o pissing: excitarse viendo orinar a otras personas. Es decir, todo aquel que se ponga burro contemplando esta foto:

2) Watersports: en román paladino, la tradicional y entrañable “lluvia dorada”. Se refiere a juegos donde se orina encima de otra persona. Como hacía una agridulce y postadolescente Alaska en “Pepi, Luci, Bom… y otras chicas del montón”. Probablemente, la mejor escena jamás rodada por el Almodóvar de la era Waters. Reconozco que, en su día, me calentó:
3) Pissing-mouth: Se refiere a la práctica sadomasoquista de orinar en la boca a otra persona. Que, para entendernos, viene a ser algo así:

4) Self-pissing: cuando se orina uno mismo encima para ponerse cachondo. Mismamente, como este mondrigonazo de bañera:
Pero que nadie se me escandalice, porque beber pis es bueno para la salud. ¡Buenísimo! O, al menos, eso dicen los defensores de la Orinoterapia. Por lo visto, en Japón ya hay 13 millones y en Alemania 7 millones de personas que beben su propia orina con fines terapéuticos. Es una naturopatía que proviene de la India y ya se extiende por Sudamérica y Europa. Al parecer, el pis es una potente medicina que cura casi todo: artritis, tumores, gonorreas, cefaleas, alergias, infecciones, piorreas, cánceres, sífilis…

Los meaos también son mano de santo para la fatiga, para mejorar la potencia sexual y como cosmético: rejuvenece todos los órganos y quita las arrugas. De hecho, cuando el ser humano es aún un feto, se alimenta de una mezcla de secreción amniótica y de su propia orina. Vamos, que todos nacemos “jartos pis”. Pero luego, perdemos las buenas costumbres y preferimos beber cerveza, leche o algo peor.

El mismísimo Dios, en la Biblia, dice que el pis es “el agua de la vida”. ¿Quiénes somos nosotros para llevarle la contraria? El polémico fotógrafo neoyorquino Andrés Serrano dio fé de ello, creando una obra llamada “Piss Christ”, que consistía en un Cristo de plástico sumergido en la cargada orina del artista. Los tontos de siempre se enfadaron, olvidando que la orina es un producto secundario de la filtración de la sangre, un alimento puro y sanador, una fuente de energía bendecida por el Creador. Un maná…

Bueno, pues ya sabemos un poco más sobre ese líquido que sale a presión de nuestra entrepierna. Pero no podemos terminar este post sin escuchar un himno al pis: “Mi agüita amarilla”, aquella canción de Los Toreros Muertos que empezaba así: “Creo que he bebido más de 40 cervezas hoy, y creo que tendré que expulsarlas fuera de mí”. El grupo nunca fue santo de mi devoción, pero hay que reconocer que este videoclip era verdaderamente didáctico, en su forma de responder con pelos y señales a una pregunta que siempre nos había atormentado a todos: ¿Qué pasa con nuestro pis después de que lo echamos y tiramos de la cadena? Les dejo con el video porque yo… me van a perdonar, pero… es que me estoy meando.
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