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UN DESCENSO AL METRO

Publicado el Miércoles, 14 de Mayo de 2008 por dildo


Cuando, en los años 70, Kaka de Luxe cantaban aquella canción titulada “Viva el metro”, cuyo estribillo decía: “Qué felicidad que sea tan caro / el metro más feo de Europa”, seguro que ni en sus peores pesadillas se imaginaron lo que iba a subir el precio del billete ni lo que iba a degenerar la calidad del servicio, el paisanaje y la estética de los vagones y estaciones del metro de Madrid.

No, el metro no es tan “kutre” como antes, pero se ha convertido en un auténtico infierno. Gracias al Cielo, trabajo en casa y no tengo que pasar todos los días una eternidad en el metro, y, siempre que debo desplazarme, prefiero hacerlo en el coche de San Fernando (el taxi o el “buseto” también me resultan odiosos). Sin embargo, en alguna ocasión, me veo obligado a descender a los avernos del pestilente suburbano, siempre rebosante de papeles, de colillas, de basura y, si es hora punta, de desperdicios humanos.

El número de madrileños (con o sin permiso de residencia) ha crecido tanto en los últimos años que aquellas imágenes del metro de Tokio con vagones a rebosar, que hasta hace poco nos parecían como de ciencia ficción, se han hecho realidad: y ahí estás, embutido como una sardina en una lata, con tu cartera al alcance de carteristas y tu culo a la altura de braguetas cebolletescas.

Malencarados rostros de seres de subespecies desconocidas te miran con gélidos ojos de besugo, provocándote sensaciones rwaras. Se produce el síndrome del turista, que hace que no sepas muy bien dónde estás, si en la Tierra o en el Planeta de los Simios. Se lo pregunta risueña esta linda chamaquita mofletuda y adicta al “piercing”: “¿Qué está pasando con nuestro país?”

En esos vagones del infierno, algunos de los rostros que te rodean parecen salidos de un relato de Lovecraft. Apretujado junto a ellos, democratizado, tu rango decae: de alguna manera, el metro hace “tabula rasa” y nos pone todos a la misma altura. Somos hormigas, ratas o gusanos que reptan bajo tierra, sintiendo el peso del asfalto. O, mejor aún, si el metro son las tripas de la ciudad, nosotros somos la mierda.

Me dirá alguno: “Sí, pero en Tokio son muy modernos y también van embutidos en sus vagones, e incluso necesitan “empujadores” para apretarlos bien y que quepan todos”. Y yo les contestaré que, lo siento, pero he estado en Tokio y no es lo mismo: allí, al menos, el 99% de los viajantes son japoneses y, por eso, el silencio que allí reina es sepulcral: la mayoría aprovechan para dormir, meditar o trastear con sus móviles.

En el metro de Madrid, por el contrario, hay todo tipo de horrísonos ladridos y soniquetes rompetímpanos:
-Grupos de adolescentes autóctonos que hacen ruido o exclaman paridas a grito pelao, demostrando que la raza degenera.
-”Músicos” y pedigüeños de todas las nacionalidades: darles dinero es voluntario, pero escuchar su música (por llamarla de alguna manera) o sus alaridos no lo es: te la meten por la trompa de Eustaquio te guste o no.
-Murmullo generalizado que siempre hay en todo sitio cerrado español en el que se juntan más de dos personas.

-Los timbres de voz que anuncian las estaciones son chillones, desagradables y grises.
-La gente bufa, ladra, empuja o avasalla a la primera de cambio.
-El sonido de las vías taladra el cerebro como un chorro de ruido industrial.
-Si ha habido un partido de fútbol, la masa enfervorizada que sale de los estadios abarrota los vagones de varias líneas, saltando y gritando, convirtiendo la experiencia del viaje en algo dantesco, convirtiendo los vagones en una puta grada futbolera.

Este video es del metro de México, pero podría ser, perfectamente, el de Madrid, aunque éste está más maqueado. Eso sí, en el de México al menos abunda la especie autóctona y es un país en el que es muy fácil conseguir armas de fuego: así, aumenta el riesgo de agresión pero también la capacidad de autodefensa del viajero.

Cuando llegué a Madrid, hará cosa de tres lustros, el metro estaba más desahogado y poseía otro encanto: un punto “underground”, menos “currito” y más “Suicide”. Sí, había menos cámaras, menos seguridad y menos líneas, pero molaba más. Si te tocaba que te dieran el palo, tenías dos opciones: joderte o pelear por tu dinero.

Hoy, el Metro es más moderno, más vigilado y más sofisticado que nunca. Aún así, todavía es un auténtico colador: en pocos países me he encontrado un metro en el que fuera tan sencillo colarse. Bueno, sí, en Berlín es más fácil. Pero también hay más controles de operarios (en su mayoría “de paisano”) que piden billetes y el riesgo de que te pillen es medio-alto. En Madrid, por el contrario, es raro que te paren para pedirte el billete. En ambos casos, si te colocan te ponen un multón.

Para colarse en el metro, aquí la gente utiliza dos trucos fundamentales: saltar las barras y hacer un “dos por uno”, es decir, pegarse al culo del que va delante para pasar con él sin meter billete: se lo he visto hacer hasta a parejas de señoras de avanzada edad.

Otro truco que se usa para entrar en el metro sin pagar es pasar por la puertecita plateada que usan los empleados, que muchas veces está abierta. Como abierta está esta puertecilla del cajetín del teléfono de seguridad que tiene el botón de alarma de toda la estación: que tentación, ¿verdad?, la de pulsar el botón rojo y salir por patas…

Por llegar, el metro llega hasta el aeropuerto y hasta el Fin del Mundo (Alcorcón), pero viajar en él se ha convertido en un coñazo, por la masificación y el hedor, que contrastan con el excesivamente pulcro aspecto exterior de los vagones.

Por eso, el metro me cae gordo y me gusta que los graffiteros lo disfracen: así, al menos, tiene una pinta más neoyorquina. Pintarrajear el metro hoy, con la cantidad de cámaras y vigilantes que hay, es casi un acto heróico que ha de ejecutarse a toda pastilla. Mola este video titulado “Puto Gay-ardón”, aunque yo creo que se equivocan: la del Metro era Esperanza Aguirre, ¿no?:

A pesar de los muchos millones en seguridad que ha despilfarrado el Metro, sigue habiendo atracos, agresiones y peleas a navajazo limpio entre grupos de “skinheads” y bandas de latinos: en este video se puede comprobar cómo, en cuanto ven un pinchito, los bravos “agentes de seguridad privada”… ponen pies en polvorosa:

Sin embargo, si los heróicos “gorilas” se enfrentan a un único infeliz, no escatiman porrazos. No digo que esté mal que peguen (pues para eso están: son “machacas”, algunos de ellos “maderos” frustrados o ex-porteros de discoteca) pero tampoco está bien hacer la vista gorda con la gente peligrosa y cebarse con dos pobres “koalas” (dominicanos bajitos) que no oponen resistencia ni tienen media hostia:

Eso sí, nadie puede acusar a los vigilantes de racistas: aquí otro “guardia de seguridad” del metro la emprende a patadas y porrazos contra un indefenso mendigo español que dormía en un andén, para expulsarlo del metro como si fuera una alimaña:

Los “gorilas” del metro madrileño pertenecen a Prosegur, una empresa que le da más de 700 millones anuales a la familia del siniestro ex-ministro Mayor Oreja que, al parecer, es una familia de “cipayos” parapoliciales que lleva desde tiempo inmemorial dedicada a comerciar con la “seguridad”, el “infiltramiento” y el “chivateo” de “alto standing”. De una empresa nacida de esos vientos sólo se pueden esperar tempestades tan cobardes como estas:

Además de rápido, dicen que el Metro es un medio de transporte seguro. Sí, pero lo es porque, al controlar la Comunidad de Madrid casi todos los medios de comunicación, se silencian noticias de descarrilamientos de trenes, parones, accidentes y otros desastres. Unos ejemplos al azar: 1) En Carabanchel hubo un descarrile con doce heridos. 2) En Sol, 20 heridos tras chocar un tren vacío con otro lleno:

3) Otro día, descarriló a lo bestia un convoy y la noticia sólo salió en el canal local 33, en la que los miembros de Solidaridad Obrera denunciaron todo tipo de “fallos, accidentes y averías” en el Metro, mientras el alcalde y la presidenta seguían inaugurando estaciones con la misma alegría con la que Franco inauguraba pantanos. Por cierto, me encanta ese paisaje industrial de vías, acero, hierbas y secarrales que sale en el video:

Sí, ya sé que el Metro de Madrid ha sido premiado en Copenhague como “el suburbano europeo que más ha mejorado en los últimos años”. Pero habría que preguntarse en qué ha mejorado, porque la seguridad, el ambiente, la comodidad y la eficacia no lo han hecho. ¿Que es más bonito? Eso para gustos. Yo, francamente, prefiero el oscuro atractivo de la estación fantasma (antes de que la convirtieran en pieza de museo, claro).

Yo, empapado de falsa nostalgia, me quedo con el subdesarrollado encanto del metro que no conocí. Aquel metro de las pinículas de Gracita Morales y José Luis López Vázquez. Aquel metro que parecía más limpio, menos superpoblado y en el que reinaba un ambiente más tranquilo, más confortable y menos sórdido. No, seguro que no era tan rápido, ni tan moderno: pero, al menos, era más agradable. Hasta las aglomeraciones, los empujones y los guardias eran más estéticos y simpáticos. O, al menos, eso parece en estas imágenes de la inolvidable película “Un vampiro para dos” (Pedro Lazaga, 1965):

Sirva este comentario de un anciano y anónimo usuario de Metro para cerrar este post; es un hombre que ha vivido el metro de ayer y también el de hoy, así que su opinión es mucho más valiosa que la nuestra:
“Era mucho más bonito antes que ahora. Mantener el diseño clásico es la clave del encanto de los Metros de París, Londres, Praga, NY… en Madrid siempre y en todo se confunde la piqueta y la demolición con el progreso”.

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POSIBLEMENTE, EL TATUAJE MÃÂS FEO DEL MUNDO

Publicado el Lunes, 12 de Mayo de 2008 por dildo

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SONRISA “ALBIDENT”

Publicado el Lunes, 12 de Mayo de 2008 por dildo

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TU MADRE SE HA FOLLADO A MI PERRO

Publicado el Jueves, 8 de Mayo de 2008 por dildo

En su mítico “Libro de la vida sexual” (que ahora dicen que fue escrito por una “negra” feminista), el psicólogo y pionero de la sexología española Juan José López Ibor comparaba la homosexualidad con la zoofilia. Y, a su franquista manera, dio en el clavo: ¿por qué va a ser menos un señor que se siente atraído por otro señor que un señor que se siente atraído por una cerda, una perra o una cabra?

Por eso, como ya le he dedicado sendos posts a la homosexualidad y a la pedofilia, le toca el turno ahora a la zoofilia que, no sé por qué, sigue siendo un tabú como la polla de un gorila de grande.

Como todas las filias, la zoo(filia) existe desde que el hombre es hombre e incluso antes: al parecer, cuando aún era un cavernícola, el animal humano ya pintaba guarreridas en las paredes de las cuevas en las que se veían coitos contra natura entre trogloditas y mascotas.

Conviene subrayar que zoofilia no es lo mismo que bestialismo: la primera es simple atracción por un animal no humano y el segundo es el acto de follar con bestias. Del dicho al hecho hay un gran trecho…

Según los más modelnos estudios psicológicos, es posible el sexo sin traumas entre hombre y bestia (o entre mujer y bestia) y también es posible el amor, realizarse y formar una pareja muy satisfactoria con un animalito. De hecho, hay muchas “solteronas” (machos y hembras) que tiene un perrito o un gatito con los que mantienen relaciones interpersonales, espirituales y sexuales muy serias. En infinidad de ocasiones es el animal quien da el primer paso y, al carecer de vergüenza y hallarse en celo, rompe el hielo erótico con su dueña, como ocurre en este simpático video:

Esto verifica la teoría de que, en el fondo, todos somos pansexuales y sólo las circunstancias y las peripecias vitales nos llevan hacia una u otra tendencia sexual. Son la sociedad, la educación o la cultura las que, según las modas que vienen y van, catalogan unas cosas cosas como “normales” y otras como “aberraciones”, “parafilias” o como demonios se diga. Sólo un axioma ha permanecido a través de la historia: “Cuando las ganas de follar aprietan, ni los culos de los muertos se respetan”.

En España, en cualquier caso, no hay ninguna ley que prohiba follar con animales, aunque, de momento, no está permitido el matrimonio entre bestias y humanos, como ya ha ocurrido con la homofilia. En la India sí se han dado casos: hace dos años, sin ir más lejos, una mujer se casó con un perro y otra con una serpiente, ambas muy enamoradas y por una ceremonia tradicional hindú.

En la pinícula “Caniche” de Bigas Luna (la única suya que trago, junto a “Bilbao”) dos hermanos decadentes se entregan a enfermizas prácticas sexuales con sus perritos de compañía: en una escena, Consol Turá se unta mermelada (¿o era miel?) en su coño para que su caniche se lo lama; en otra escena, Angel Jové sodomiza a un pastor alemán que no deja de ladrar. Aquí no había amor, sólo sexo dantesco y goyesco. Como los moñas de YouTube no la tienen, tengo que tirar de una imagen de mi archivo personal en lugar de poner la escena:

La zoofilia es un gueto incluso dentro del porno. Se hacen muchas películas y fotos X en las que se cruzan bestias y humanos, pero forman un subgénero encerrado en sí mismo: es porno legal en la mayoría de los países, pero muy mal visto (un poco como lo fue en su día el pedófilo, antes de ser ilegalizado). A las actrices porno que hacen “zoo” les echan de comer aparte. Tal vez por eso suelen ser menos agraciadas que las “normales”.

Ni que decir tiene que las religiones monoteístas, en su mayoría, condenan la zoofilia. “Y no debes acostarte con bestias, haciéndote inmundo por ello, y tampoco mujer alguna debe acostarse con bestias; es perversión”. (…) Cualquiera que tenga cópula con bestia alguna, debe ser matado; y mataréis también a la bestia. Y cuando una mujer se acerque y tenga cópula con cualquier bestia, ambos deben ser matados; su sangre estará sobre ellos” dice el Levítico.

Sin embargo, en la doctrina hindú son habituales las imágenes de figuras religiosas copulando con bestias, que pueden contemplarse en el exterior de muchos templos. También la mitología griega aprueba la zoofilia: no en vano el Minotauro, sin ir más lejos, era fruto de un coito entre un toro y la reina Pasifae.

No es lo mismo el zoosadismo que el bestialismo. El primero implica maltrato de animales y el segundo sólo intercambio de fluidos con ellos. Digan lo que digan los de Peta y otras asociaciones políticamente correctas, los animales también pueden disfrutar del sexo con humanos y hay muchos que incluso lo buscan ellos: todos hemos visto “King Kong” (es ficción, sí, pero basada en la verídica atracción que sienten algunos gorilas por hembras humanas) o algún perro arrimando la cebolleta a una niña. Pero eso sería pedozoofilia, el tabú entre tabúes y, tal y como está el patio, debe ser delito hasta pensarlo…

Si la pedofilia es una debilidad masculina, la zoofilia es más practicada por las mujeres: muchas sienten devoción por los animales porque los ven menos “guarros” y más cariñosos que la mayoría de los hombres. A algunas, incluso les pone hacer tríos con otras personas y sus mascotas. En las webs de contactos abundan anuncios como este:
“Soy morbosa. Desde pequeña me atrae la zoofilia. He decidido a mis 40 años dar el paso definitivo. Por eso, busco alguien que tenga una mascota preparada. Acepto sugerencias. Manresa – Barcelonaâ€Â.

Unos dicen 1%, otros 10% y otros 20%, pero no hay datos concretos serios sobre el número de zoófilos que andan sueltos por el mundo. El más “reciente” es el clásico informe sexológico de Kinsey, realizado en Estados Unidos en 1948 (ya llovió).

Según este estudio, el 40% de los varones que vivían en granjas había tenido alguna vez una práctica zoofílica. Ese porcentaje subía hasta a un 65% si se restringía a los solteros. Estos datos nunca han sido actualizados, aunque los sexólogos contemporáneos creen que es “común” el bestialismo en entornos rurales, tanto en hombres como en mujeres, verbigracia:

www.tuporno.tv
Al tío Vázquez, uno de los mayores genios que ha parido la cultura popular española, le dió una temporada por hacer chistes zoófilo-rurales. Tras media vida paseando por el campo a sus Hermanas Gilda y sus Angelitos, Vázquez decidió explorar el lado más oscuro, húmedo e hilarante del agro español en una serie de viñetas magistrales. Este portadón, protagonizado por un triángulo de amor verdaderamente bizarro, merece estar en un museo:

El año pasado escandalizó el Festival de Sundance (y eso que van de indies) un extraño documental sobre un señor que murió tras follar con un caballo. En la pinícula, titulada Zoo, el director Robinson Devor reconstruía, en clave herzogiana, la peripecia de la relación sexual entre hombre y equino y, además, plasmaba el ambiente de una granja zoófila en Washington (estado en el que el sexo con animales no está penado).

El responsable no sabía donde meterse cuando presentó la película: había roto uno de los pocos tabúes que quedan en Occidente y balbuceó: “Ninguno de los humanos es ajeno a mí, y el sexo hombres-animales sucede de verdad. Entonces, también es parte de lo que somos”. No sé, no me ha convencido. El análisis del periódico “Los Angeles Times” fue bastante más atinado: “Triste y extrañamente poético. No es para nada explícito en la evocación de una relación reconstruida a través del audio y una serie de entrevistas. El film es notable, elegante, lírico y extrañamente bello”. Este es el trailer:

La penetración, la masturbación y el sexo oral son las prácticas sexuales más frecuentes realizadas con animales. Según un estudio del psicólogo brasileño Osvaldo Rodríguez, las bestias deben ser adiestradas desde pequeñitas para no morder ni arañar durante el coito. Las únicas razas de perros capaces de aprender a follar de “adultos” sin hacer pupa son el dálmata y el ovejero alemán.

Bueno, creo que no me se queda nada en el tintero: el post me ha salido, otra vez, más largo que un día sin porno. Y eso que uno, que en el fondo es muy antiguo, sigue pensando que el mejor animal erótico-doméstico es la mujer. Pero valgan estas líneas para expresar mi profundo respeto por el bestialismo. Es una opción sexual más… hasta que una moda periodístico-judicial estime lo contrario.

Y nos vamos con la canción más zoófila jamás entonada: “El progreso” de Roberto Carlos; sí, hombre, aquella que decía: “yo quisiera ser sivilisado como los animales…”:

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ANTROPOLOGÃÂA DEL TREPISMO (reprise)

Publicado el Lunes, 5 de Mayo de 2008 por dildo


“Ha visto uno tanto inútil, tanto imbécil, tanto cínico y egoista progresar en la vida, que uno se resiste a creer que la inutilidad, la imbecilidad, el cinismo o el egoísmo le hayan impedido a uno hacer su camino.

Puede uno asegurar con fuerza que, si uno tiene algo de inútil, de imbécil, de cínico y de egoista, estas condiciones no son las que le han cerrado a uno el paso y le han impedido avanzar.

Por el contrario, han sido las condiciones buenas las retardatarias: la ingenuidad, la probidad, la buena fe. Es estúpido y cobarde que uno tenga que vivir respetando estrechamente las normas que inventaron los antepasados, que se pudren en los cementerios, y sin embargo es así. Rebelarse contra la mentira es peligroso.

Hay que respetar lo que no se cree; que un labriego, vestido de negro, porque ha estudiado en un seminario de latín de cocina y le han hecho una calva en la cabeza, es el representante de dios. Hay que respetar al rico, aunque sea usurero; al aristócrata, aunque sea un cretino; al militar, aunque sea un tonto; y al magistrado, aunque desacierte constantemente”.
Pío Baroja.

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