Cuando era joven vivía en una caverna. Allí compartía lecho con mis más íntimos amigos: castos e inmaculados.
El sexo era concebido como la mayor de las aberraciones, el sexo era el camino hacia el infierno, la perdición de todo ser humano.
Un día, mi condición curiosa me llevó a salir de la cueva. Hombres de todos los tamaños, formas y colores me esperaban empalmados, un nuevo mundo ante mis ojos: la luz, el sentimiento, las formas… heterogéneo, extraordinario.
Follé con todos y cada uno de los hombres con los que me topé, y entonces descubrí que había estado viviendo como esclava de mí misma, influenciada por lo que experimentábamos presos en la caverna.

Viajé y lo vi aún más claro. Enriqueciéndome de culturas y dejando a un lado los prejuicios, conseguí encontrarme con mi YO real, con el que vive dentro de mí. Un YO corrupto y lujurioso, incapaz de ser feliz llevando una vida normal, pleno si seguía el camino que tantas veces había vetado en la caverna.
Debía volver para comunicarles lo que había vivido, pues sólo así podrían volar más allá de las dimensiones de sus jaulas, amén de encontrar un sentido real por el que vivir. Ofrecerles la oportunidad de elegir, ante tal variedad, la mejor forma de realización, aspirando a que cada uno de ellos potenciara aquello con lo que verdaderamente sintieran plenitud.
Me tomaron por loca. Yo contra el mundo, contra lo que habían vivido desde su nacimiento, ¿cómo era capaz? Me mostré incansable, incluso forcé a mi más querido amigo a salir de aquella cárcel, mas lo único que conseguí a cambio fueron golpes y amenazas.
Aquellos presos vivirán inmersos en su eterna ignorancia, incapaces de ver más allá de las cuatro paredes de su morada… Qué triste es la incultura para el que regresa de la vida.